AWLO DE ULM

CAPITÁN S. P. MEEK

 

 

Titulo original: Awlo of Ulm

Traducción: Horacio Gonzales Trejo

© 1931 by Capt. S. P. Meek

© Teck Publishing Corporation, 1931

© Doubleday & Company, Inc., 1974

© Ediciones Martínez Roca, S. A., 1989

Gran vía, 774, 7.°, 08013 Barcelona

ISBN 84-270-1347-7

Edición digital de Sugar Brown

 

 

      Cuando permití que mi manuscrito «Submicroscópico» fuera publicado, no me proponía contar al mundo el resultado de mis aventuras. Sinceramente, no esperaba que me creyeran. Los acontecimientos que narraba eran tan fantásticos, tan fuera de lo común y ajenos a las ideas preconcebidas de los hombres en este plano de la existencia, que esperaba ver acogida mi historia como un relato ocioso, escrito sólo para entretener. El director de «Amazing Stories» ha tenido la amabilidad de enviarme diversos comentarios recibidos. Cuando los leí descubrí, asombrado, que un pequeño grupo de pensadores sagaces había comprendido que mi cuento narraba hechos reales. La mayoría lamentaba que el final de la historia fuera un libro cerrado para ellos. Esta continuación se dirige a ese grupo selecto a quienes estimo como a amigos míos. El interés que han mostrado por mi paradero y por el de mi amada princesa es tan conmovedor, que me veo obligado a publicar, como atención hacia ellos, los extraordinarios acontecimientos que siguieron a aquella noche terrible, pasada en mi valle secreto de Nevada, antes de emprender la búsqueda de Awlo y su raptor.

 

      Vi impaciente cómo el sol se alzaba sobre Timpahute. En Ulm el amanecer se produce un poco más tarde que en este plano, debido a la altura de las montañas (¡granos de arena!) que rodean el imperio. Pensé que era mejor aguardar la plena luz del día antes de lanzarme a lo que, fácilmente, podía resultarme desconocido. Había emplazado mi mecanismo de vibración electrónica lo más exactamente posible en el sitio donde habían desaparecido Lamu y mi princesa, pero sé que una distancia inapreciable, no visible ni siquiera bajo el microscopio, puede equivaler a kilómetros en Ulm, y tenía pocas esperanzas de regresar a la ciudad sitiada.

      Finalmente, sentí que había llegado el momento. Entré en mi máquina recién terminada, accioné la palanca y me puse en camino. La escena se redujo rápidamente a proporciones ciclópeas y desapareció cuando fue demasiado grande para que mis ojos la vieran o mi mente la comprendiera. Observé la escala del indicador a medida que la aguja avanzaba hacia el infinito. Luego dejó de moverse y oí el gemido de los generadores. La nota recorrió toda la escala y se perdió en el silencio. Miré a mi alrededor desde la máquina, y el desánimo hizo presa en mí. El paisaje no se parecía en nada a los alrededores de Ulm. Indudablemente, me había desviado muchos kilómetros de la meta.

      Mi primer impulso fue aumentar de tamaño y cambiar la máquina de lugar, pero lo pensé mejor y comprendí la inutilidad de tal acción. Había situado la máquina tan exactamente como podía, y cualquier cambio podría apartarme aún más de la ciudad. Lo único que cabía hacer era ponerme en marcha, con la esperanza de encontrar a alguien, aunque fuese un mena hostil, que me indicara en qué dirección viajar. Me eché sobre los hombros otro par de cartucheras, cogí el rifle y salí de la máquina. Una idea súbita me detuvo. Regresé y abrí un armario lateral para sacar dos pequeñas pistolas automáticas calibre 32, que guardé en sendas pistoleras bajo la camisa. Cada pistola disparaba seis tiros y, aun siendo pequeñas, iban cargadas con balas de punta hueca que producirían un efecto

mortal a poca distancia. Con este armamento, me sentí preparado para emprender el viaje.

      El lugar donde me encontraba era indescriptiblemente árido. No se veía la espesa vegetación semitropical que estaba acostumbrado a relacionar con el imperio submicroscópico; allí sólo había roca, piedra desnuda y escabrosa. Inmensos bloques pétreos de cientos e incluso miles de metros de altura, se apilaban unos sobre otros como si hubieran sido arrojados como diversión por una raza de gigantes despreocupados. Aquello era muy diferente de la solidez y simetría que caracteriza a las montañas de nuestro mundo. La mayoría de las piedras parecían hallarse en equilibrio precario, e incluso las que estaban encajadas producían sensación de inseguridad. Me estremecí y temí moverme, pensando que incluso mi ínfimo peso podía echar a rodar una de aquellas masas rocosas, aplastándome con todas mis posesiones en el cataclismo. Caminé cuidadosamente hasta una de las masas rocosas de aspecto inestable y apoyé mi mano contra ella. Estaba firme; la empujé un poco a] principio y luego con todas mis fuerzas, tratando en vano de mover la masa, que debía pesar miles de toneladas en comparación con mi peso insignificante, calculado en ochenta y dos kilos a escala normal. Satisfecho de mi experimento, me sentí más seguro y comencé a pensar en qué dirección debía viajar.

      Busqué una pista en mi cerebro. En algún rincón de mi mente había un recuerdo fugaz evocado por aquella desordenada fantasmagoría de rocas. De súbito, lo rememoré con claridad.

      En los días en que fui Príncipe Heredero de Ulm, por ser el esposo de la única hija de su gobernante, me interesaban en gran medida las antiguas leyendas sobre la historia primitiva del imperio. Ulm no poseía documentos escritos ni archivos a los que yo pudiera recurrir, salvo las tradiciones y leyendas que habían sido transmitidas de generación en generación. Tales leyendas se conservaban en forma de versos. El aprendizaje y recitado de éstos en determinadas solemnidades era la ocupación principal de una clase de personas llamadas tamaaini[1]. Se trataba, por lo general, de ancianos que no pertenecían a la nobleza pero que, gracias a su profesión, tenían acceso a la corte y a la mayoría de los privilegios de la nobleza. Algunos poseían una memoria maravillosa y podían repetir sin error miles y miles de versos de las antiguas leyendas. Gracias a ellos, supe que los menas procedían del norte, de donde llegaron a través de los desfiladeros desérticos entre las imponentes montañas que

rodean Ulm. Pero jamás logré averiguar los orígenes del pueblo de Ulm. Por lo que los tamaaini contaban, siempre habían vivido en el mismo lugar. No obstante, las leyendas contenían alusiones oscuras y poco inteligibles a otros países. Uno de aquellos pasajes era lo que intentaba recordar. De improviso, como un fogonazo, el relato olvidado hacía tiempo iluminó mi mente.

      Narraba la huida del hijo natural de un monarca de Ulm, que a la muerte de su padre había intentado usurpar el trono de su hermanastro legítimo. La leyenda describía su derrota y muerte. El vencedor lo persiguió con un grupo de soldados y lo alcanzó en un lugar donde «los gigantes jugaban como niños, pasándose las montañas de una mano a la otra». Allí encontraron una raza de kahumas o hechiceros, que volaban como pájaros y arrojaban fuego con sus múltiples manos. Podían «matar desde lejos con fuego» y no permitían que ningún intruso regresara de su territorio. Evidentemente, al menos uno escapó a Ulm para anunciar la muerte del usurpador, referida por la leyenda con gran lujo de detalles. Aquel pasaje siempre me interesó, pues parecía indicar la existencia de una civilización superior a la que poseían los valientes y caballerosos guerreros de Ulm.

 

      Miré a mi alrededor y no me pareció que desmintiera la fantasía del antiguo bardo, al comparar el paisaje con travesuras de gigantes o perversas maquinaciones de hechiceros. Por cierto, la descripción cuadraba. Según la leyenda, la tierra prohibida se hallaba «hacia

el sol poniente». Si el relato era real y si me hallaba en el teatro de la antigua tragedia, Ulm debía quedar hacia el este y a pocos días de viaje. La pista era bastante dudosa, pero no disponía de otra. Si la descartaba, no sabría qué dirección tomar, por lo que decidí confiar en la autenticidad de una leyenda de inmemorial antigüedad y emprender viaje hacia el este.

      Mi primer paso consistió en tomar de memoria el paisaje y determinar el rumbo con la brújula, partiendo de los accidentes más notables de aquella geografía. Si encontraba el camino de Ulm, todo mi trabajo y esfuerzo habrían sido inútiles a menos que pudiera regresar a mi máquina, con su preciosa carga de armas. Hacia el norte, tres cumbres destacadas dominaban el paisaje, agrupándose de modo tal que la más lejana era equidistante de las dos más cercanas. La posición de la cumbre más lejana era de cuatro grados al oeste del norte magnético. Exactamente al sureste había otra cumbre que se distinguía por una hendedura peculiar. Un breve repaso me permitió grabar en mi mente la situación de la máquina, hasta estar seguro de que sabría volver al lugar. Eché una última

mirada a mi alrededor, me cargué con el rifle, me orienté al este y eché a andar.

      A pesar de la escabrosidad del terreno, pude mantener la dirección al este con ayuda de la brújula, aunque me vi obligado a dar algunos prolongados rodeos alrededor de las masas rocosas. Anduve varias horas, hasta que el terreno fue haciéndose menos escabroso. No había señales de vida animal, aunque sí algunas matas parecidas a los arbustos tan comunes en algunas partes del oeste americano.

      Hacia mediodía empecé a sufrir un calor insoportable. Lamenté haber cargado tanta comida y municiones, y no haber llevado más de dos litros de agua. Era demasiado tarde para retroceder, por lo que decidí racionar el agua con cuidado, y seguí avanzando. A mediodía el calor se volvió tan insoportable, que me puse a buscar un sitio donde refugiarme.

      Al ver algo que parecía una cueva entre las rocas, me acerqué para explorarla. No se trataba de una verdadera cueva, sino de algo parecido, gracias a dos enormes masas rocosas apoyadas una contra la otra. No sabía qué profundidad podía tener el hueco, pero hacía

fresco a la sombra y me quité la mochila con un suspiro de alivio. También me quité las pesadas cartucheras, y apoyé el rifle contra la pared de la caverna. Según mi cuentapasos, había recorrido dieciséis kilómetros. Saqué un lápiz y una libreta de la mochila y me

acerqué a la boca de la caverna para observar dónde quedaban las cumbres que me servían para orientarme.

      Las localicé sin dificultad. Estaba distraído, tratando de calcular mi posición por triangulación sobre un tosco mapa que había trazado cuando me sobresaltó un ruido extraño. Escuché atentamente y el sonido desapareció un instante para luego aumentar de volumen. Intenté averiguar su origen. Se trataba de un ruido continuo y vibrante, que me recordó el zumbido de una hélice de aeroplano, cosa desconocida en Ulm.

      El ruido se acercó. Me escondí en la cueva y cogí el rifle. Entonces apareció ante mi vista lo que provocaba el sonido. Mis oídos de aviador no se habían equivocado. A velocidad moderada, a unos trescientos metros sobre mí, volaba un aeroplano. No era el modelo corriente que yo conocía, aunque no dejaba de tener alguna semejanza con los aviones que yo había pilotado. La principal diferencia estaba en el tamaño y forma de las alas. En lugar del ala rectangular normal a ambos lados del fuselaje, aquella máquina poseía un ala única en forma de corazón con la punta dirigida hacia atrás. Sobre el ala había un dispositivo de cables que me recordaron una antena.

      La cabina era larga y en forma de cigarro, de longitud poco superior a la del ala. En los costados se abrían ventanillas cubiertas con vidrio u otro material transparente, a través del cual creí entrever figuras en movimiento, aunque la distancia era demasiado grande y no podía estar seguro.

      El aparato tenía tres hélices, una en el morro más o menos a nivel del ala, mientras las otras dos, de menor tamaño, se hallaban sobre los lados del ala y equidistantes de la cabina. Me llamó la atención, no sólo la reducida envergadura y otros rasgos poco habituales, sino la ausencia total de ruido de motores, pese a que las tres hélices giraban rápidamente.

      Miré estúpidamente el aparato hasta que voló casi sobre mí, y entonces recobré la cordura suficiente para reaccionar. Aunque los ocupantes de la nave no sufrían el inconveniente del rugido de los motores, no esperaba que me oyeran desde tanta altura, por lo que me quité a toda prisa el sombrero y lo agité con frenesí. La aeronave continuó su vuelo sin que nadie, al parecer, hubiera reparado en mis señas. Busqué desesperado una manera de llamar la atención, y entonces tuve una idea que me salvó. Un viejo amigo mío había realizado algunos experimentos con balas trazadoras y me había dado algunos cartuchos. De súbito recordé que una de mis pistolas iba cargada con esa clase de proyectiles, ya que me había propuesto ensayarlos, pero luego se me olvidó. Era una excelente ocasión de comprobar su utilidad. Desenfundé la pistola y disparé al aire.

      De la boca del arma brotó una línea de fuego, que pasó junto a la aeronave y siguió ascendiendo. La llama debió prolongarse unos ochocientos metros antes de su extinción. Volví a disparar y fijé la vista en el aeroplano. Evidentemente, habían visto mi señal, pues

la nave describía un amplio arco. Agité mi abrigo. Era indudable que me habían localizado; la nave planeó descendiendo hacia el suelo. Miré el pequeño claro que tenía delante y pensé que ningún avión corriente podría aterrizar allí sin estrellarse. Pero aún no conocía las posibilidades de aquella nave rechoncha con su escasa envergadura. El avión trazó una curva y se detuvo a menos de treinta metros del punto donde había tocado tierra. La hélice central dejó de girar, pero las dos laterales siguieron funcionando incluso después de que la nave quedase inmóvil.

      Una escotilla se abrió al costado de la nave y salieron cuatro personajes. Me acerqué corriendo, pero algo me detuvo casi en seguida. Tenían aspecto humano a primera vista, pero de súbito me pareció estar en presencia de unos arácnidos gigantes. Espantado, no conseguí precisar aquella impresión hasta que me fijé en el que llevaba la delantera. De sus hombros salían, no un par de brazos, sino tres pares. Lo demás parecía normal, al menos por lo que dejaba adivinar el atavío voluminoso e informe que llevaba y el casco que ocultaba sus facciones.

      Las cuatro figuras se desplegaron mientras avanzaban, y no me pareció que esto significase una acogida amistosa. Por un instante pensé regresar a la caverna donde había dejado el rifle, pero ignoraba con qué rapidez se moverían los recién llegados. Además, estaban tan cerca de la caverna como yo. Me recosté contra una pared de roca y saqué la pistola. Tal vez no pretendían hacerme daño alguno, pero preferí estar preparado para cualquier contingencia.

      Los cuatro siguieron acercándose hasta quedar a cinco metros de mí. Levanté la pistola, pero vacilé en mostrarme hostil antes de saber si las intenciones de ellos eran o no amistosas. Ante mi acción se detuvieron y me miraron. Uno de ellos levantó un brazo y me

apuntó. Como estaban cerca, pude ver sus facciones a través de las mirillas encristaladas que llevaban en la parte anterior de los cascos. Eran diferentes de las razas que había conocido hasta ese momento. Tenían los rostros de un color azafrán subido y los ojos colocados oblicuamente en la cabeza. Alcé la mano izquierda haciendo el gesto universal de la paz y dije:

      —¿Pehea oc, malahini?

      Su jefe me miró dubitativamente un instante y luego respondió. Hablaba con una extraña voz gutural y, pese a que su lengua no era la de Ulm, pude entenderle.

      —¿De dónde vienes y qué buscas aquí —inquirió en tono imperioso.

      —Soy de Ulm —respondí—. Vengo de la capital, que está sitiada por los menas, e intento ayudar a Kalu Sibama, mi señor y soberano. Me he perdido y trato de encontrar mi camino hacia allí. ¿Puedes orientarme?

      —¿Ulm? —preguntó al cabo de un rato, y luego se echó a reír con sorna—. ¡Mientes! Ulm no es más que un recuerdo. Hace muchas lunas que Kalu Sibama descansa, supongo que en paz, en el estómago de los menas.

      —¿Ulm ha caído? —exclamé, incapaz de dar crédito a mis oídos.

      —Ulm ha caído —respondió, claramente divertido ante mi horror—. Sus jefes la abandonaron como las pulgas abandonan un perro muerto. Los menas asaltaron sus murallas y sólo un grupo logró salvarse. Ahora, esos sobrevivientes son esclavos de mi señor Kapioma Sibama, del Imperio de Kau. Se alegrará cuando le lleve dos esclavos en vez de uno que me envió a buscar.

      Sus palabras confirmaron mi recelo en cuanto a sus intenciones. Me dije sombríamente que aún no tenia cogido al esclavo, mientras le apuntaba cuidadosamente al pecho con la pistola. La bala trazadora lo alcanzó en el pecho y estalló en una llamarada de luz roja. El impacto le hizo tambalearse, pero no cayó. Levante la pistola para disparar por segunda vez, pero no llegué a hacerlo. Un fogonazo de luz verde cegadora salió de uno de sus brazos, y mi pistola cayó al suelo. Mi brazo derecho quedó entumecido y paralizado hasta el hombro. Lanzó un segundo fogonazo, y mi brazo izquierdo quedó en el mismo estado que el derecho. Me volví para huir, pero era demasiado tarde. Una docena de manos me sujetaron.

      A una orden del jefe, los tres desconocidos me arrastraron brutalmente por el suelo hacia su aparato, y me hicieron entrar a empujones. Al entrar eché una rápida mirada a mi alrededor, pues deseaba ver cómo eran aquellos motores silenciosos. No había ninguno a la

vista. En la parte anterior de la cabina se veía un doble juego de mandos, semejantes a los que yo sabía manejar. En la carlinga había tres minúsculos motores de un tipo que yo no conocía, pero no había baterías, generadores ni otra especie de máquina productora de energía, sino un gran tablero lleno de conmutadores y cuadrantes que se hallaba entre los dos puestos de control de vuelo. Junto a ese tablero había un hombre. A primera vista, nadie más ocupaba la nave.

      Mis raptores me condujeron a la parte posterior de la cabina y me obligaron a sentarme. Otros dos fogonazos verdes iluminaron el interior de la cabina, y mis piernas quedaron tan inutilizadas como mis brazos. Los tres se retiraron al lado opuesto de la cabina y se quitaron los trajes. Eran hombres de estatura media y cuerpo bastante delgado, pero de frente ancha y expresión de gran inteligencia. El jefe volvió hacia mí sus ojos oblicuos. Había poder e inteligencia en ellos, pero también la quintaesencia de la crueldad. Me obsesionó tanto su rostro, que al principio no me di cuenta de que cuatro de sus seis brazos habían desaparecido.

      La explicación se me ocurrió cuando vi al resto de la tripulación. Todos tenían dos brazos normales, como era de esperar. Sobre la pared había un perchero y de allí colgaban cinco trajes de vuelo, de cuyos hombros salían tres pares de brazos. Cuando los observé con más detenimiento, vi que sólo dos brazos en cada traje terminaban en un guante. Los demás terminaban en tubos huecos que, evidentemente, servían para lanzar los rayos paralizantes. Aquellas prendas me impresionaron tanto como sus rostros fríamente implacables, pues ponían de manifiesto que no estaba tratando con los valientes y caballerosos salvajes de Ulm, sino con una raza que había desarrollado ampliamente su capacidad mental y conocía a fondo las leyes científicas.

      El jefe dio una orden y dos de los tripulantes se pusieron a los mandos. El hombre del tablero pulsó algunos botones. La nave despegó verticalmente, ascendiendo en un ángulo que para mí era inaudito. Sin embargo, la nave lo hizo sin dificultades, alcanzó una altura de unos trescientos metros y emprendió el vuelo hacia el este. Eché una rápida mirada a la brújula empotrada en el techo, y decidí memorizar el rumbo.

      Dos tripulantes se adelantaron y corrieron una tela que cubría un objeto alargado sobre el suelo. Cuando levantaron la tela, reprimí a duras penas una exclamación. El objeto era un hombre, y me bastó una mirada para saber que no era de la misma raza que los tripulantes de la nave. Largos rizos rubios poblaban su cabeza, en lugar del pelo negro corto de los kauanitas; su piel era blanca como la mía y no del desagradable color azafrán que caracterizaba a nuestros raptores.

      Sus brazos y sus piernas colgaron flaccidos e inútiles cuando lo levantaron y lo echaron en la parte trasera. Lo tumbaron sin contemplaciones en el suelo, a mi lado, y regresaron a la parte delantera de la cabina. Miré con curiosidad a mi compañero de cautiverio, interés que, evidentemente, él compartía.

      —¿De dónde eres? —me preguntó en un susurro. Su voz no tenia el sonido gutural que caracterizaba el modo de hablar de los tripulantes. Era suave y fluida como la de los oriundos de Ulm.

      —De Ulm —respondí, también en voz baja.

      —Pero si hace meses que Ulm cayó —añadió, incrédulo—. No creo que pudieras escapar al saqueo de la ciudad. Y aunque así fuese, ¿cómo has sobrevivido desde entonces?

      —No estaba allí cuando Ulm cayó —repuse—. Había ido a buscar ayuda. Acabo de regresar,

      Me miró con extrañeza.

      —¿Cuál era tu rango? —preguntó inquisitivamente.

      —Era Siba Tam —respondí con orgullo.

      Una expresión de alegría iluminó su rostro.

      —Siba Tam, si tuviera una espada que ofrecer, colocaría la empuñadura en tu mano —dijo—. Desde hace mucho tiempo he deseado conocer al hijo de mi soberano.

      —No soy hijo de Kalu —contesté—. Soy el esposo de su única hija.

      —Igual te ofrezco mi empuñadura —agregó—. No he regresado a mi tierra natal desde niño, pero no hay súbdito más leal a su Sibama. ¿Deseas continuar hasta Kau?

      —No deseo ir a ningún sitio como esclavo —respondí con cautela.

      —Entonces, tendremos que escapar —aseguró—. Pensaba tratar de ganar la libertad antes de llegar a la ciudad, aunque no tenía muchas esperanzas de lograrlo. Ahora tendremos más posibilidades de dominar a los cinco hombres de Kau.

      —Pero tengo las piernas y los brazos paralizados —le informé.

      —Eso no importa. ¿Podrás mantenerlos inmóviles y fingir parálisis mientras yo anulo los efectos del rayo?

      —Supongo que sí.

      —Entonces, pon atención y no te muevas mientras trabajo.

      Se dejó rodar hasta caer sobre mí. Los kauanitas se volvieron a mirar, pero luego no le prestaron más atención. Poco después sentí un dolor agudo en la espalda y otro en el hombro.

      —Ahora, no te muevas —dijo mi nuevo aliado.

      A mis espaldas se oyó un zumbido apagado, y un dolor insoportable recorrió mis miembros. Me mordí los labios para no gritar. El dolor cesó y descubrí con satisfacción que había recobrado el tacto y el movimiento.

      —¿Cuáles son tus órdenes? —inquirió suavemente mi compañero de cautiverio.

      —No tengo ningún plan. Tú sabes mejor que yo lo que conviene hacer. Ordena y te obedeceré.

      —Cuando pronuncie la palabra clave, ponte de pie de un salto y corre hacia ellos —dijo—. Colócate entre ellos y los trajes de combate, y no dejes que se acerquen. Si recuperan sus armas, podemos darnos por muertos, o algo peor. Sin los trajes, no tienen más recurso que su fuerza.

      —Un momento —señalé cautamente—. Creo que tengo un arma. Sirve para matar a los hombres comunes, pero falló contra estos hombres. Entonces tenían puestos los trajes de combate. Dime, ¿son vulnerables a una estocada?

      —Sin los trajes de combate, sí; con ellos puestos, no.

      —Bien. Quédate quieto y déjame intentarlo. ¿Sabrás dirigir la nave después de que la tomemos?

      —Sin duda alguna.

      —De acuerdo. Veré qué puedo hacer. Si mi arma vuelve a fallar, tendremos que atacarles con las manos.

      Me preparé para el combate. La distancia era escasa y estaba seguro que las dos pequeñas pistolas automáticas del 32 que providencialmente llevaba servirían para mi propósito. Ambas estaban en sus fundas... una bajo cada brazo.

      Me moví con rapidez, poniéndome en pie de un salto con una pistola en cada mano. Apunté la derecha y disparé contra el jefe. Vi en sus ojos una expresión de sorpresa. Se tambaleó y luego cayó de bruces. El arma era eficaz.

      Los demás tripulantes contemplaron estúpidamente a su jefe muerto. La pequeña pistola volvió a disparar, y las fuerzas enfrentadas quedaron tres a dos. La tripulación se abalanzó hacia los trajes de combate, pero no consiguió alcanzarlos. La pequeña automática

escupió por tres veces su mensaje de muerte. Mi puntería siempre ha sido buena. Mi compañero se había puesto en pie y se precipitó hacia los mandos. Llegó en el momento justo, pues la nave picaba peligrosamente. Al instante, el vuelo volvía a quedar equilibrado.

 

      Observé a la tripulación abatida. A tan poca distancia, las balas que cargaba mi pistola se abrían como hongos. Mis armas habían cumplido su cometido. Sólo uno de nuestros enemigos vivía, aunque mortalmente herido. Me cercioré de que no podía hacernos daño y

me acerqué al puesto de mandos.

      —¿Adonde vamos, Siba Tam?

      Reflexioné antes de responder. Era inútil regresar a la caída Ulm. La nave me serviría para continuar la búsqueda de mi princesa perdida, y además había ganado un aliado leal. El primer paso consistía en procurarse armas.

      —Regresa al lugar donde fui capturado, y luego continúa en línea recta hacia el oeste durante algunos kilómetros. Mientras tanto, enséñame a conducir esta nave. ¿De dónde obtiene la fuerza motriz? No veo ninguna fuente de energía.

      —Nuestra energía procede de la central eléctrica de Kaulani.

      —¡Radiotransmisión de energía! —me asombré.

      —No comprendo tus palabras —dijo (sin darme cuenta, yo había hablado en inglés)—. La energía que acciona nuestras hélices y hace funcionar los trajes de combate es generada en Kaulani y se envía en forma de ondas que son captadas por antenas situadas en la parte

superior de la nave.

      —Las he visto, pero no imaginé para qué servían —respondí—. Creí que eran para recibir y probablemente transmitir mensajes.

      —¿Pueden recibirse o enviarse mensajes a través de ellas?

      —Claro que sí. ¿No lo sabías?

      —No, Siba Tam.

      —Así pues, poseemos conocimientos que los kauanitas no tienen —comenté con alegría—. Luego te mostraré cómo se hace. Ahora enséñame a controlar la nave.

      Me indicó que ocupase los mandos del copiloto e inició las explicaciones. Era algo ridículamente sencillo para un experto en el vuelo, y cinco minutos después yo manejaba la nave como un veterano. El secreto de la escasa envergadura del ala y la corta distancia de

despegue y aterrizaje residía en la disposición de las hélices laterales. Estaban inclinadas de tal modo, que el aire impulsado se proyectaba sobre el ala produciendo una fuerza ascensional. Al invertirlas actuaban como freno y el aparato tomaba tierra en pocos metros. La hélice central servía para el avance de la nave.

      Poco después sobrevolábamos el lugar donde yo había sido capturado. Aterrizamos para recuperar mi rifle y la mochila. Volvimos a despegar, y diez minutos después tomábamos tierra sin dificultad junto a mi máquina.

      —Ahora te recompensaré el que me hayas enseñado a conducir esa nave —dije sonriente—, enseñándote a manejar una máquina que, según creo, ni siquiera el jefe de esos bribones que nos capturaron. sabría entender. Sin embargo, antes de hacerlo, quiero que me

hables de ti mismo. ¿Quién eres y cómo has llegado hasta aquí? He vivido varios años en Ulm, pero no conozco tu rostro y tú tampoco me conocías a mí.

      —De niño me sacaron de Ulm, y crecí en Kau.

      —¿Cómo es eso?

      —Me llamo Olua; Olua Alii por derecho, ya que soy hijo de Muana Alii, miembro del Tribunal de los Señores. De pequeño acompañé a mi padre en un viaje a Ame. Durante el regreso fuimos atacados por los menas. Mi padre fue asesinado, pero yo quede con vida

y fui llevado como regalo para el jefe. Estaba destinado a su despensa, pero jamás llegó a verme. Durante el camino hacia su campamento, una aeronave como esta se abatió sobre nosotros. Los menas huyeron en todas direcciones. Los hombres de Kau bajaron de la nave con sus trajes de combate, y uno de ellos, un gran Alii, me recogió. Su único hijo había muerto recientemente y por ese motivo me perdonó la vida, pues los hombres de Kau no suelen tener ninguna piedad en sus tratos con los de otras razas. Me llevó a Kau, y me crió y me educó como a su hijo. De los secretos científicos de Kau, pocos me son desconocidos.

      —¿Cómo te convertiste en prisionero?

      —Debido a mi lealtad hacia la tierra que me vio nacer. Aun criado en Kaa, nunca olvidé que por nacimiento soy un Alii de Ulm, miembro del Tribunal de los Señores. Leí cuanto pude acerca de Ulm, y cuanto más supe de su valentía y caballerosidad, más me alegraba de ser uno de ellos y no un kauanita traidor. Siempre fui leal a Kalu Sibama de Ulm y no a Kapioma Sibama de Kau, aunque jamás lo dije abiertamente. Cuando Ulm cayó en manos de los menas, un puñado de guerreros de Ulm se abrió paso a través de las montañas que existen entre Kau y Ulm, donde fueron capturados y llevados a Kaulani como esclavos. Se me cayó el alma a los pies cuando los vi llegar. Eran los hombres con quienes yo siempre

había soñado, hombres que luchaban contra sus enemigos con el acero y no con armas de astucia y traición. Me propuse rescatarlos y huir con ellos a Ame, que no había caído en manos de los menas. Trace cuidadosamente mis planes. Pensaba capturar una de las naves

de más capacidad y huir con ellos. Un día antes de llevar a cabo mi plan, fui descubierto. Un esclavo fiel me avisó de que los guardias de Sibama venían a arrestarme. No aguardé, sino salí a la azotea de la central eléctrica, donde se guardan los aviones privados del Sibama, los más rápidos de Kau. Tomé un avión monoplaza de gran velocidad y en plena noche huí hacia el oeste. Pero mi empresa estaba destinada a fracasar. La energía producida en la central eléctrica de Kaulani se transmite sobre cinco longitudes de onda. Una de ellas sirve para todas las máquinas civiles, el alumbrado, las cocinas y otros usos semejantes. Otra alimenta los trajes de combate y otras armas de guerra. Las otras tres están destinadas a las naves; una a las comerciales, otra a las de guerra y la tercera a los aviones privados del Sibama. Ellas se limitaron a desconectar la longitud de onda que yo utilizaba, y mi nave se estrelló convirtiéndose en una ruina. Mediante los contadores que tienen en Kaulani saben

dónde se halla cualquier nave, y enviaron aparatos de guerra para buscarme. No lograron localizarme. Antes de salir, conseguí dotar el avión con un aparato inventado por mí, que falseaba las lecturas de los contadores. Me hallaba a muchos kilómetros del sitio donde me buscaron. Oculté bajo unas rocas los restos de mi nave y logré sobrevivir a duras penas, esperando que algún día lograría capturar otro avión y llegar solo a Ame. Como sabía que emplearían contra mí el rayo paralizador si me localizaban, construí un aparato de bolsillo que anularía los efectos del rayo. Después de varios meses de sacrificios logré perfeccionarlo. Los kauanitas nunca dejaron de buscarme, pues sabían que yo no podría traspasar las fronteras del imperio. Muchas veces tuve que ocultarme al paso de las patrullas. Esta mañana me dejé ver deliberadamente. Todo salió tal como yo quería. Paralizaron mis brazos y piernas, pero mi neutralizador de bolsillo anuló los efectos. Fingí parálisis y me dejé conducir a la nave como prisionero. Esperé mi oportunidad y estaba a punto de atacar cuando vieron tu señal y se detuvieron para capturarte. Ya conoces

lo demás.

      —Una pregunta, Olua Alii. Has dicho que los supervivientes de Ulm fueron llevados a Kaulani. ¿Había mujeres entre ellos?

      —No, Siba Tam. Todos eran guerreros.

 

      Evidentemente, Awlo y Lamu no habían logrado llegar a Ulm. Era lo que yo esperaba.

      —Tal vez convenga que me enseñes a manejar uno de esos trajes de lucha —propuse.

      —Cómo no, Siba Tam. Lo que tú ordenes. Como ves, cada traje tiene seis brazos. Dos son los brazos de trabajo y los cuatro restantes constituyen armas. Son todas distintas. El rayo verde es el paralizante, cuyos efectos ya conoces. Puede emplearse como arma paralizadora o arma mortal. Si se paraliza el corazón, la muerte es instantánea. El segundo brazo tiene un rayo naranja que neutraliza el efecto del verde. Se emplea como arma defensiva contra el enemigo provisto del rayo verde paralizante. También restaura el funcionamiento de cualquier parte del cuerpo que haya sido paralizada. El tercer brazo contiene un rayo rojo o de calor. Te mostraré los efectos que produce.

      Se colocó un traje y dirigió el brazo central del costado izquierdo hacia un pedrusco. Brotó un rayo de luminosidad insoportable. El pedazo de granito resplandeció un instante, y luego se deshizo en un charco de materia licuada. Olua interrumpió la emisión del rayo.

      —El cuarto rayo es azul, y neutraliza el rayo rojo de un contrario —prosiguió—. Como ves, cada traje posee dos armas ofensivas y dos defensivas. Éste es el equipo de los soldados comunes. Los Alii poseen trajes con más brazos y más armas mortíferas, tanto

ofensivas como defensivas. Se dice que Kapioma Sibama ha construido un traje de cuarenta brazos, pero tan pesado que no puede caminar llevándolo puesto. No funciona con la longitud de onda normal, sino con la privada que sirve para accionar sus aviones. Sin embargo, no es ése el traje más eficaz de Kaulani. El más mortífero es uno que yo mismo fabriqué en secreto y está escondido allí. No pude llevármelo; de lo contrario, todas las fuerzas de Kau no habrían logrado vencerme. Te diré dónde está escondido, Siba Tam. Es posible que el saberlo no te aproveche, pero tampoco te perjudicará. En la central eléctrica hay un laboratorio donde se fabrican y prueban los trajes de combate. El pañol está protegido por una pantalla, contra la cual todos los rayos son inservibles. Sin que nadie lo supiera, monté una trampa en esa pantalla. Si alguna vez deseas conseguir mi traje, entra en el laboratorio y dispara el rayo rojo corriente, el brazo térmico de los trajes comunes, contra la esquina superior de la pantalla, a treinta y cinco centímetros del borde superior y a veintiocho del lado izquierdo. Que el rayo incida con toda su potencia durante ocho segundos. Luego aplica el rayo naranja durante doce. Parte de la pantalla se desintegrará, y detrás encontrarás el traje. Funciona sobre la misma onda que el de Kapioma.

      —Gracias, Olua —dije después de practicar con uno de los trajes hasta familiarizarme con su manejo—; me has dicho, con toda sinceridad y lujo de detalles, lo que deseaba saber. Corresponderé a tu confianza hablándote con la misma sinceridad. Aunque soy Siba Tam de Ulm, no nací en ese imperio. Nací en un mundo más grande. ¿Conoces la composición de la materia?

      Pronto descubrí que la educación de un Alii de Kau dejaba poco que desear desde el punto de vista científico. Olua conocía a la perfección la constitución de la materia en moléculas y átomos, y la de éstos en protones y electrones. Uno de sus comentarios me sorprendió muchísimo, hasta que lo pensé mejor. Dijo que los átomos no estaban en movimiento, sino que eran estáticos, y que lo mismo ocurría con los electrones. Quise oponer objeciones, pero una idea súbita me hizo callar. Un instante de reflexión me indicó que él tenia razón. En su plano, tanto los átomos como los electrones eran estáticos.

      La primera vez que puse en marcha mi mecanismo de vibración electrónica, que reducía la amplitud de vibración de los electrones, la palanca se encasquilló y yo la rompí al querer moverla. A pesar de ello, la máquina dejó de funcionar una vez me vi reducido a la escala del mundo de Ulm. El mismo fenómeno se produjo en todos los viajes. Comprendí que la razón era evidente; yo había reducido la amplitud de vibración a cero, y en este minúsculo plano los electrones no vibraban.

      Entendido esto con claridad, me resultó sencillo explicarle a Olua que los átomos vibraban en el plano superior. Él no discutió mi teoría del movimiento vibratorio armónico de los electrones, teoría, que en otra época me había valido tantos sarcasmos. Comprendió en seguida cómo el tamaño de un cuerpo podía aumentar bajo tales circunstancias. Pero cuando le hablé del mundo desde el cual yo había llegado a Ulm, abrió mucho los ojos. Ignoraba la existencia de ese mundo como nosotros, los del plano superior, ignorábamos la existencia de Ulm antes de mi primer viaje. Lo primero que se le ocurrió fue huir al plano mayor para escapar a la persecución de los kauanitas.

      —Allí estaremos a salvo —afirmó—. Dentro de pocas horas nos perseguirán con naves más rápidas, y provistos de trajes de combate contra los cuales no tenemos defensa.

      —Si lo deseas, puedes irte —dije—, pero he regresado a Ulm con un propósito y todavía no lo he llevado a cabo. Me quedaré y continuaré mi búsqueda.

      —Donde esté el Siba Tam de Ulm, allí estará Olua Alii de Ulm —afirmó sencillamente—. ¿Cuáles son tus planes?

      —El único lugar donde puedo obtener la información que busco es Kaulani, donde se encuentran los sobrevivientes de Ulm —respondí—. Te diré por qué estoy aquí y lo que busco.

      En pocas palabras le expliqué la traición de Lamu y la búsqueda de mi princesa perdida.

      —No la encontrarás en Kaulani —dijo pensativamente—, pues allí no fueron llevadas mujeres. No obstante, algún prisionero podrá decirte si regresaron a Ulm antes de que cayera la ciudad. Puesto que así lo deseas, esperaremos aquí a los kauanitas y dejaremos que nos capturen.

      —No, no haremos eso —disentí—. Si vienen aquí, no sólo nos capturarán a nosotros, sino también mi máquina y las armas que he traído del plano superior. ¿Cuánto tiempo tardarán en iniciar la búsqueda?

      —Al menos cuatro horas.

      —Bien. Durante ese tiempo te enseñaré a manejar un rifle, una pistola y la máquina. Hay una cosa que te interesaba conocer. Aquí tengo un aparato de transmisión inalámbrico que te permitirá enviar mensajes a través del aire. Un instrumento similar podría recibirlos

y también responder. Si es posible, construiré uno en Kaulani para que podamos comunicarnos. No regresarás a Kaulani conmigo.

      —Me quedaré con mi señor.

      —Obedecerás mis órdenes. Allí no me servirías de nada, pues seria tu muerte. Si te ocultas aquí, tal vez podrás ayudarme. Si yo fuese asesinado, te ordeno que continúes la búsqueda de Awlo de Ulm y no la abandones mientras vivas, hasta que la hayas rescatado de manos de Lamu o hayas visto su cadáver. ¿Entendido?

      —Sí, señor. Tus órdenes serán cumplidas.

      —Bien. Ahora deseo enseñarte todo lo que pueda antes de emprender la marcha.

      Olua era un discípulo hábil, y en dos horas supo manejar un rifle y una pistola tan bien como yo, e incluso disparar con bastante puntería a poca distancia. Las armas no servirían contra hombres armados con trajes de combate, el más sencillo de los cuales creaba alrededor de su portador una pantalla repulsiva que ningún proyectil lograba penetrar. Pero estimé que ningún conocimiento era inútil, dado que mi habilidad con la pistola ya nos había salvado una vez. El transmisor le pareció elemental, y le asombró que a ningún kauanita se le hubiera ocurrido una aplicación tan evidente.

      Cuando hubo asimilado todas mis instrucciones, entramos en la máquina y aumentamos poco a poco nuestro tamaño hasta una estatura de quizá noventa metros, comparada con las magnitudes de Ulm. Salimos, empujé con el cañón del rifle para accionar el interruptor y dejé que se redujera de tamaño hasta dimensiones ulmitas. Hecho esto, la recogí y me la llevé sin dificultad con el resto de nuestros pertrechos. Olua cogió la nave kauanita y regresamos andando sobre las colinas al lugar donde yo había sido capturado. Resolví hacer de la caverna nuestra base de operaciones.

      La encontramos sin dificultad, y nos redujimos a nuestras dimensiones anteriores. Fue muy laborioso trasladar la máquina y las demás cosas a la caverna, pero lo hicimos. Cuando la tarea finalizó me despedí de Olua y subí a la nave kauanita. Volé unos cincuenta kilómetros hacia el este y luego aterricé. Dispuse los mandos de la nave para la ascensión máxima y moví la palanca para que despegase a toda velocidad. La nave subió impulsada como un resorte, y yo salté en el momento preciso. Voló varios kilómetros hasta quedar

descontrolada. Después de algunas sacudidas, se precipitó a toda velocidad hacia el suelo. Me senté y esperé la aparición de una nave kauanita.

 

      No tuve que esperar mucho. Menos de una hora después apareció una mancha en el cielo, hacia el este. La nave era de mayor tamaño que la primera y me pareció más rápida. Temí que los ocupantes vieran los restos del aparato estrellado, pero la suerte me sonrió y

no repararon en ellos. Debió caer en una hondonada profunda y oscura, pues ninguno de los aviones de reconocimiento que salieron de Kau para recuperarla pudo cumplir su misión. La localización de una pequeña nave de cinco plazas en el desierto montañoso de Kau

se parecía mucho a la proverbial búsqueda de la aguja en un pajar.

      Cuando la nave estuvo a la vista, anduve lentamente hacia un lugar despejado para llamar su atención. Me pareció que una figura en movimiento sería más visible desde el aire. No me había equivocado: la nave inició el descenso y se posó a menos de cinco metros

de donde yo estaba. Se abrió la escotilla y aparecieron seis soldados provistos de trajes de combate con ocho brazos. Avancé confiado hacia ellos.

      —Os saludo, hombres de Kau —dije cuando estuve a medio metro de ellos.                                               

      Ellos se detuvieron y el jefe dio un paso adelante.

      —Te saludo, hombre de Ulm —respondió con su voz gutural—. ¿Qué buscas en las montañas de Kau?

      —Quiero hablar con Kapioma Sibama de Kau —respondí—. El camino a Kaulani es largo y agotador, por lo que solicito vuestra ayuda para llegar hasta allí.

      —¿Quién eres tú? —inquirió—. Por tu piel y tu lenguaje pareces un hombre de Ulm pero, ¿qué hombre de Ulm sabe algo de Kau y Kaulani ?

      —Sé muchas cosas —contesté con arrogancia—, y quiero ir a Kau para enseñar esas cosas a vuestro Sibama.

      —¿Cuál es tu nombre y tu rango?

      —Soy Courtney Siba Tam, principe heredero de Ulm.

      Una expresión extraña relampagueó durante un instante en su rostro, y me hizo una reverencia.

      —Neimeha de Kau se considera honrado por estar a tu servicio —dijo—. Mi mísera nave está a disposición de Vuestra Alteza para conduciros a la corte de Kapioma Sibama. Allí hallarás a algunos de tus compatriotas.

      —Creo que algunos súbditos míos huyeron hacia las montañas de Kau cuando cayó Ulm —dije con indiferencia— y me gustaría volver a verlos. No olvidaré su cortesía cuando hable con Kapioma Sibama.

      Ante mis palabras, se inclinó de nuevo y me cedió el paso hasta el avión.

      Avancé esperando recibir en cualquier momento el rayo paralizante pero, por lo visto, mi estratagema había surtido efecto. Neimeha entró detrás de mí, y tanto él como sus seguidores se quitaron los trajes de combate.

      —Ha sido una suerte que tomarais este camino —dije alegremente—. Tenía pocas esperanzas de encontrar tan pronto una nave.

      —Buscamos a un hombre que ha huido de Kau —replicó—. Mientras haya luz continuaremos la búsqueda. Ésas fueron las órdenes que recibí.

      —Es una lástima que vosotros, hombres de Kau, no comprendáis algunas de las leyes de la naturaleza que yo conozco —afirmé—. Si las conocierais, os sería fácil poneros en comunicación con vuestro soberano y solicitar una modificación de las órdenes. Las ondas que provienen de vuestra central eléctrica podrían servir para enviar un mensaje.

      —¿Cómo es posible algo semejante? —inquirió Neimeha, sorprendido.

      Sonreí enigmáticamente.

      —Es una de las muchas cosas que puedo enseñaros —repuse—. Podría enseñárselo a uno de vosotros en poco tiempo, pero prefiero no hacerlo. Tal vez vuestro Sibama desee reservar este nuevo adelanto a sus Alii. ¿Cuánto tardaremos en llegar a Kaulani?

      Se volvió hacia un mapa colgado en el interior de la cabina, y yo me acerqué para estudiarlo. Era la primera vez que veía un mapa del país submicroscópico, pues Ulm no poseía conocimientos geográficos y probablemente no hubiera llegado a poseerlos nunca. Los ulmitas tenían un misterioso sentido de la orientación, que les permitía encontrar su camino sin necesidad de otros recursos.

      Yo había sido capturado en lo que sin duda era «tierra de nadie» entre los imperios de Ulm y Kau. A juzgar por el cálculo aproximado que establecí a simple vista, Ulm estaba a unos ciento cuarenta y cinco kilómetros al oeste. Después de todo, la vieja leyenda contenía un error. Kaulani quedaba a unos trescientos veinte kilómetros al este, de los cuales doscientos cincuenta eran montañas desérticas.

      —Podemos volar hasta Kaulani en una hora y media —dijo Neimeha—. Teniendo en cuenta tu categoría, tomaré la iniciativa de cancelar mis instrucciones y te llevaré directamente a la ciudad.

      —Muchas gracias —respondí—. Conozco bastante bien este tipo de nave. Si me lo permites, tomaré el puesto del copiloto y guiaré la nave parte del recorrido.

      Aceptó, y durante el resto del viaje me dediqué a mejorar mi técnica. Era realmente muy fácil, y mucho antes de llegar a Kaulani me sentí seguro de mi destreza para volar con cualquier nave de aquéllas, como si se tratase de pilotar un Bach o un Douglas.

 

      Casi había anochecido cuando aterrizamos en Kaulani. El trazado de la ciudad se asemejaba al de Ulm, pero la arquitectura era de un estilo mucho más sutil y elegante. Ulm no dejaba de ser una ciudad hermosa, pero su atractivo era el de la grandeza y la solidez. Una gran pureza caracterizaba sus líneas arquitectónicas. Kaulani, por lo que pude ver bajo el crepúsculo, tenía edificios mucho más suntuosos. No logré definir el estilo arquitectónico aunque más delante, a plena luz del día, vi que tenía un notable parecido con el mejor estilo griego.

      Aterrizamos en el extenso prado que rodeaba el palacio real. Neimeha y dos de sus guardias me escoltaron por el interior del palacio hasta un alojamiento subterráneo.

      —Te dejo en las habitaciones de los esclavos —explicó—, no porque no respetemos tu condición de invitado, sino porque es necesario mantenerte bajo vigilancia hasta que sepamos si Kapioma Sibama accede a recibirte o no. Las habitaciones de los esclavos son el único lugar que ofrece seguridad. Además, he pensado que te gustaría ver a algunos de tus antiguos súbditos —agregó con un deje de malicia.

      El lugar donde entré era una sala central rodeada de dormitorios. Estaba bien iluminada y ventilada; además, se veían varias sillas y divanes de aspecto cómodo. Al lado opuesto a la entrada, media docena de hombres vestidos con sencillas prendas blancas conversaban. Cuando entré se volvieron y me miraron de pies a cabeza. A medida que me acercaba, uno de ellos se adelantó y me contempló fijamente. Yo vestía pantalones de pana y una camisa de franela, en lugar de los elegantes atavíos de Príncipe Heredero de Ulm, con la diadema indicativa de mi rango real resplandeciendo sobre la frente. Tales prendas no habrían sido adecuadas para un trabajo duro, y las había dejado donde la máquina, al cuidado de Olua. Apelando a toda mi dignidad, me enfrenté con el grupo. De súbito reconocí al hombre que se había adelantado.

      —¡Moka! —grité alegremente. En efecto, era Moka Alii, camerlengo mayor de la corte de Kalu.

      El anciano aristócrata me observó incrédulo un instante, y luego su rostro arrogante se encendió. Me volvió bruscamente la espalda.

      —¡Moka! —grité—. ¿No me recuerdas? Soy tu príncipe, Courtney Siba Tam; o Courtney Sibama, si Olua dijo la verdad cuando afirmó que Kalu Sibama había muerto.

      Moka se volvió y me miró con hostilidad, ignorando mi mano tendida.

      —Te conozco, Courtney —respondió en tono amargo, evitando cuidadosamente citar mi rango—. ¡Por desgracia, te conozco, pero mis labios jamás tocarán la mano de un traidor, aunque me frían en aceite por esta negativa!

      —¡Moka! —grité angustiado, pues la frialdad del primer amigo que había hecho en Ulm me traspasaba el corazón—. No es verdad. No soy un traidor a Ulm. Sufrí un retraso, y cuando regresaba a Ulm con ayuda supe que la ciudad había caído. Me he rendido a los

kauanitas para aportar la ayuda y consuelo que pueda a aquellos de mis súbditos que aún están con vida. Jamás he abandonado a Ulm, y la idea de su salvación nunca se apartó de mis pensamientos.

      —¡Traidor! ¡Traidor doblemente falso! —exclamó Moka lenta y amargamente—. ¡No eres más que un embustero y un aprovechado! Sabe que conozco el motivo por el que abandonaste Ulm. Pensabas ayudar a tus enemigos, derrocar a Kalu Sibama, tu señor, y reinar en su lugar. Celebro que Kalu, que te amó neciamente, muriese antes

de conocer tu traición.

      —¡No soy un traidor, Moka! Quien diga tal cosa miente. ¡Alto, mi viejo amigo! —exclamé cuando hizo intención de abalanzarse sobre mí—. No me refiero a ti, sino a quien ha contado todas esas patrañas. ¿Cómo supiste eso que, según dices, era mi motivo?

      —Tu lengua hábil, que engañó a Kalu Sibama, aquí no te servirá de nada, Courtney —respondió con frialdad—. Cubre tu rostro de vergüenza y entérate de que Lamu Siba, a quien intentaste corromper y no pudiste, denunció tu traición.

      —¡Lamu! —jadeé—. ¿Lamu regresó a Ulm?

      —Está aquí. Ha contado que tú le confiaste los planes para destruir a Kalu, y cómo huyó de ti cuando conoció tu bajeza. Indudablemente, Courtney, tu traición está demostrada.

      —Conque regresó sin dificultades a Ulm —dije. Por alguna razón, siempre había supuesto que él se habría perdido como yo, y que vagaba con Awlo por algún paraje del mundo submicroscópico. La noticia de que había llegado a Ulm y había logrado volver contra mí a mis amigos era un golpe amargo, pues sólo podía significar una cosa: que Awlo estaba muerta. De lo contrario, Lamu jamás habría sido capaz de mentir y esperar que le creyeran. Hice la pregunta con el corazón encogido—: ¿Y Awlo?

      Trastabillé, pues, inesperadamente, Moka me había golpeado en la boca.

      —¡Miserable! —gritó—. ¡El nombre de una Sibama de Ulm no debe ser pronunciado por los labios de un traidor perjuro! Para aumentar tu confusión, te diré que la Sibama de Ulm se halla en Kaulani.

      —¿Ella ha atestiguado que soy un traidor? —pregunté con amargura.

      Moka vaciló.

      —No —admitió de mala gana—, no lo hizo, pero no es necesario. Lo que Lamu Siba ha contado basta. Nosotros, hombres de Ulm, no necesitamos la palabra de ella para condenarte más.

      Mi corazón saltó de alegría cuando supe que Awlo estaba con vida y en la misma ciudad que yo. Aunque su silencio era inexplicable, me hice cargo de que debía tener buenas razones para callar. Awlo sabía que yo no había traicionado a Ulm, y que era capaz de apostar mi vida por su amor y lealtad.

      —Oye, viejo amigo —le dije a Moka—. No debes condenar a un hombre sin escuchar su defensa frente a las acusaciones de sus enemigos. Hace años que me conoces como tu señor y tu amigo. ¿Alguna vez me oíste decir una mentira?

      —No —reconoció.

      —Entonces, escúchame, viejo amigo. Te contaré la verdad. Lamu Siba es el traidor, no yo.

      Rápidamente, pero con todo detalle, narré lo ocurrido desde el día fatal en que dejé Ulm con mi máquina en compañía de Awlo y Lamu, para buscar armas y municiones con las cuales esperaba derrotar, si no destruir, a los sitiadores menas. Expliqué que Lamu había aprendido a manejar el mecanismo, que había raptado a mi princesa, y huyó con ella dejándome desconsolado. Conté mis dificultades para obtener pertrechos, los meses de trabajo febril para construir una nueva máquina y emprender la búsqueda, y por último expliqué cómo había aterrizado con las armas y municiones, que había conocido a Olua y que me había rendido a los kauanitas a fin de ser trasladado a Kaulani.

      El rostro de Moka se puso cada vez más serio mientras yo narraba los hechos. Mi sinceridad estuvo a punto de convencerlo, pero me había considerado un traidor durante meses; la duda se leía en su rostro. Deseaba creerme y no podía. Cuando terminé la narración y volví a ofrecerle mi mano Moka dudó, pero otro de los oyentes, un joven oficial llamado Hiko, que en tiempos había sido mi ayudante personal, no vaciló.

      —¡Te ofrezco mi espada, Courtney Sibama! —gritó mientras hincaba una rodilla en tierra, apretaba mi mano contra su frente y luego se la llevaba a los labios—. ¡Pongo mi vida en tus manos!

      Su entusiasmo arrastró a todos y un instante después no sólo Moka, sino todo el grupo se ponía de rodillas y me declaraba su lealtad.

      —Perdóname por dudar de ti, Courtney Sibama —gritó Moka, con la voz rota por las lágrimas—, pero las palabras de un Siba tienen peso.

      —¿Dónde está mi Sibimi? —inquirí.

      —¡Ay, mi señor! —repuso Moka—. Está prisionera en el palacio de Kapioma Sibama, señor de Kau. La he visto dos veces, pero ninguno de nosotros pudo hablarle nunca.

      —¿Hablaste con ella en Ulm? —pregunté.

      —No, mi señor. Ni ella ni Lamu regresaron a Ulm. Cuatro meses después de que nos dejarais, Ulm cayó ante un ataque nocturno de los menas. Si hubieras estado allí, jamás habría ocurrido, pero la disciplina decayó cuando te fuiste y las guardias se hacían sin orden. Además, los menas jamás habían atacado de noche. La ciudad fue abandonada a la matanza, pero un resto de la guardia real se reunió alrededor del palacio del Sibama y lo defendió durante ocho días. Luego atacaron el palacio y nos vimos vencidos. Kalu, la Sibimi y la mayoría de los guardias fueron asesinados, pero un pequeño grupo nos mantuvimos unidos y nos abrimos paso hacia los yermos. Suponíamos que los kahumas, que según la leyenda gobernaban allí, nos defenderían o nos matarían con honor. Los menas nos rodearon y, kilómetro a kilómetro, nuestras filas iban siendo mermadas. Sólo quedábamos ciento veinte, la mayoría gravemente heridos, cuando de súbito cesó la persecución de los menas y los vimos dispersarse como hojas bajo un vendaval. Oímos un sonido extraño que provenía de lo alto, alzamos la mirada y vimos que una multitud de pájaros extraños volaba sobre nosotros. Algunos de los pájaros descendieron y vomitaron hombres con muchos brazos que nos tomaron prisioneros y nos arrastraron al interior de los pájaros. Supusimos que eran kahumas. Cuando subieron a los pájaros se quitaron todos los brazos menos dos, y nosotros nos preparamos para morir. Pero no nos asesinaron, sino que nos dejaron con vida y nos trajeron a Kaulani. Llevábamos un mes aquí cuando supimos que un Alii de Kau planeaba rescatarnos. Nos alegramos, pero su plan fracasó y tuvo que huir para salvar la vida. Dos meses después, Lamu Siba llegó aquí como esclavo. Nos habló de tu traición y de cómo él y Awlo Sibimi habían huido de ti y luego habían sido capturados en los yermos de Kau. Le creímos neciamente, sobre todo porque Awlo Sibimi estaba prisionera en el palacio de Kapioma y nadie de nosotros podía hablar con ella. Exceptuando el hecho de que somos esclavos y no hombres libres, no podemos quejarnos. Los kahumas nos han tratado consideradamente, aunque estamos obligados a trabajar y el castigo para quienes se niegan es horrible. Creemos que nuestra situación mejorará, ya que Kapioma quiere convertir a Awlo en su Sibimi cuando la actual sea asesinada.

      —¿Asesinada? —repetí.

      —Sí. En Kau, los kahumas tienen una costumbre bárbara. Se escoge una Sibimi y un año después, si no ha quedado embarazada, la matan y eligen otra. La Sibimi actual morirá dentro de un mes. Como te creía muerto, Kapioma pensaba hacer de Awlo la Sibimi de Kau. ¡Escucha! Los demás ya vuelven del trabajo. Ocúltate detrás de nosotros, Courtney Sibama, hasta que les informe de tu presencia.

      Conocía el apego de los hombres de Ulm a las escenas dramáticas, conque me oculté entre las filas de mis seguidores. La puerta se abrió y entraron unos cien hombres, vestidos igual que sus compañeros, con la tosca prenda blanca que entre los kauanitas designa a los esclavos. Moka se adelantó y alzó la mano reclamando silencio.

      —¡Tenemos entre nosotros a un traidor! —gritó dramáticamente—. Alguien que es traidor a su Sibama, traidor a su Sibimi y traidor a Ulm. ¿Cuál es el castigo que merece semejante persona?

      —¡La muerte! —fue el. grito de los hombres de Ulm.

      Lamu avanzó hasta enfrentarse con Moka.

      —La muerte es el castigo que debe ser ejecutado tan pronto como se le conozca —dijo—. Designe al traidor.

      Era la respuesta que Moka esperaba. Se irguió con solemnidad y apuntó con el dedo al príncipe.

      —¡Tú eres el hombre! —tronó—. ¡Arrodíllate y pide clemencia a Courtney, Sibama de Ulm!

      Cuando dijo estas palabras, avancé para que me vieran. Lamu se espantó y palideció al verme, pero los demás lanzaron gruñidos hostiles.

      —¿Qué significa esto. Moka? —inquirió uno de ellos. Era Hama Alü, noble de Ulm, miembro del Tribunal de los Señores y además, si mi memoria no me engañaba, primo lejano de Lamu—. Como todos sabemos muy bien, Courtney es el traidor. A él ha de serle

aplicada la sentencia de muerte.

      Un murmullo afirmativo surgió entre las filas de los ulmitas, quienes se dispusieron a rodearme.

      —¡Acabad con él! —gritó Lamu señalándome.

      El grupo avanzó.

      —¡Alto! —grité, y obedecieron un instante—. Todo hombre tiene derecho a ser escuchado. Dejadme exponer mi historia, y que el Tribunal de los Señores me juzgue luego. Una persona de sangre real sólo puede ser juzgada por ese tribunal.

      Mi observación fue bien recibida. Apelaba a la justicia de los hombres, y todos asintieron. En pocas palabras, pero recurriendo a toda mi elocuencia, repetí por segunda vez mi narración. Impresionó, pero esta vez no surgió un ayudante leal para inclinar la balanza a mi favor, y al final de mi discurso se hizo un silencio. Lamu lo rompió gritando:

      —¡Es mentira! Matad al traidor y acabemos con esto.

      Hubo un murmullo, mitad de asentimiento y mitad de disconformidad, y volví a jugar la misma carta.

      —¿Cuántos miembros del Tribunal de los Señores hay aquí? —pregunté.

      —Hama Alii y yo —respondió Moka.

      —Una cuestión que afecta a la familia real de Ulm, sólo puede decidirla el pleno —insistí—. Ni Lamu Siba ni yo podemos ser juzgados por un tribunal de rango inferior. Que Hama y Moka decidan.

      Mis palabras fueron aprobadas con un rugido y los dos nobles se apartaron a un rincón para discutir el problema. Hablaron durante media hora. Como sabía que Hama era pariente de Lamu, yo esperaba un desacuerdo insuperable, y eso fue lo que ocurrió. Los dos se acercaron y Moka, por ser el más anciano, anunció la decisión.

      —Cuando el juicio del Tribunal de los Señores es indeciso, el fallo queda en manos del Sibama —declaró—. Pero en este caso el Sibama es parte interesada y no sería justo permitirle decidir la cuestión. Traidor o no, Courtney es el Sibama de Ulm hasta que el

Tribunal de los Señores declare vacante el trono. Courtney Sibama y Lamu Siba han hablado y, a nuestros oídos, ambos parecen igualmente sinceros. Fallamos que Courtney Sibama y Lamu Siba se respeten mutuamente, y no se juzgará culpable a nadie hasta que sea posible someter el pleito a la decisión de la Sibimi. Mientras tanto, que ambos se juren amistad y todos viviremos en armonía, como corresponde a hermanos en desgracia.

      Lamu y yo nos observamos con aire dubitativo. Al fin y al cabo, no se podía hacer otra cosa sino aceptar la decisión que, evidentemente, era justa. Sabía que cuando Awlo hablara, la cuestión quedaría resuelta. Indudablemente, Lamu esperaba que ella no tuviera oportunidad de hablar, o tenía otro plan. De todos modos, fue el primero en responder.

      —El Príncipe de Ame se somete al Tribunal —dijo—. Moka Alii ha hablado y así será.

      —Así será —repetí.

      Mientras Lamu y yo nos acercábamos para la ceremonia de juramos amistad, se produjo una interrupción. La puerta se abrió, y apareció Neimeha seguido de un escuadrón de guardias.

      —Courtney Sibama —dijo—, Kapioma Sibama exige tu presencia en la sala del trono.

      Me encogí de hombros, lo seguí y pasamos a la planta noble del palacio. El edificio era hermoso, mucho más decorado que el palacio de Kalu en Ulm. Pero para mí al menos, lo que ganaba en elegancia lo perdía en grandeza. Al llegar a la puerta de la sala del trono, una

palabra de Neimeha nos franqueó el camino.

      La escena era muy parecida a las decenas de audiencias de Kalu en que yo había participado. Por todas partes relucían los atavíos de los nobles y las joyas de las damas, destacándose del negro sombrío de los uniformes de la guardia. La sala del trono era amplia e impresionante. Al fondo había un estrado con cuatro tronos; los dos centrales estaban ocupados. Kapioma Sibama de Kau era un hombre alto y esbelto, que tendría mi misma edad. Su frente era espléndidamente ancha, pero sus ojos sesgados, al igual que los de todos los kauanitas, tenían una mirada fría, de implacable crueldad. No obstante, lo primero que atrajo mi atención fue la tristeza que expresaba el rostro de la Sibimi sentada a su lado. Era una jovencita esbelta y bella, pese a su piel azafranada, pero en sus ojos trágicos se reflejaba una melancolía infinita. Entonces recordé lo que Moka me había contado sobre las costumbres de Kau, y comprendí que ella no ignoraba que iba a morir pronto. Me erguí y seguí hasta el pie del estrado. De aquella entrevista iba a salir esclavo o prisionero condenado a muerte, pero me comportaría como Sibama de Ulm. Miré a Kapioma directamente a los ojos; él me devolvió la mirada con rostro inexpresivo.

      —Courtney de Ulm —comenzó con su voz gutural—, Neimeha me ha dicho que las maravillas que se cuentan de ti son auténticas, y que tus súbditos de Ulm te consideraban un poderoso kahuma porque sabías sobre la naturaleza y sus leyes más de lo que ellos podían imaginar. No eres un bárbaro de Ulm, útil sólo para ser esclavo, sino un hombre de inteligencia y educación. Me ha dicho que eres capaz de gobernar una nave.

      Hice una reverencia sin hablar.

      —Lamento profundamente las desgracias que te han arrojado de tu alta posición, sin lo cual habrías podido sentarte con todo derecho a mi lado. No deseo aumentar el infortunio de un hombre de rango real. Dado que puedes ingresar en esta comunidad como par de los

míos, pienso nombrarte Alii de Kau y unirte a mi corte.

      Volví a hacer una profunda reverencia en silencio.

      —Naimeha también me ha dicho que sabes cómo enviar mensajes a través del aire desde la central eléctrica, a una nave situada a muchos kilómetros de distancia.

      —Así es, señor. De todos modos, se trata de una cosa relativamente sencilla.

      —Lo celebro, pues creo que este arte nos será de gran utilidad. Te elevaré al rango de Alii de Kau, pero antes he de pedirte un pequeño favor.

      —Me alegraré de poner a tu servicio mis conocimientos —respondí.

      Frunció ligeramente el ceño al oír mi respuesta.

      —No se trata de eso, pues lo daba por hecho. El favor que te pido es otro. En Ulm estuviste casado con Awlo, hija de Kalu Sibama. Desde la muerte de éste, ella es Sibimi de Ulm. Dentro de un mes aproximadamente —se interrumpió y lanzó una mirada a la Sibimi, que se estremeció como golpeada por un látigo—, no habrá Sibimi en Kau, y pienso elevar a la hija de Kalu a ese rango sublime, como compensación por la pérdida de su trono. El favor que te pido es que te divorcies de ella.

      —¿Divorciarme de Awlo? ¡Jamás! —grité.

      —Será mejor que lo pienses muy bien antes de decidir eso —aconsejó, frunciendo el ceño—. Como esposa de un Alii, no podría casarme con ella sin librarme primero de ti. Si yo ordenase tu ejecución, esto no solucionaría nada, pues la esposa de un criminal ejecutado no puede ser elevada al rango de Sibimi. No obstante, según las leyes de Kau, un esclavo no puede tener legalmente esposa. Si no das tu consentimiento, te degradaré a la posición de esclavo que, de hecho, disolverá el vínculo y la dejará libre para ocupar el trono

a mi lado. Para mí es un detalle, mas para ti significa mucho. Te doy un día para decidirlo. O te conviertes en Alii de Kau y te divorcias de ella, o pasarás a ser esclavo de Kau, y me casaré con ella de todos modos.

      —No necesito un día ni un minuto para decidirlo, Kapioma Sibama —respondí—. Jamás me divorciaré de ella.

      Se encogió de hombros.

      —En todo caso, he intentado ser clemente contigo —agregó—. Neimeha, este hombre es esclavo de Kau. Vístelo como tal y llévalo a las habitaciones de los esclavos. Trabajará en el laboratorio de la central eléctrica y nos enseñará un método para enviar mensajes a nuestras naves, lo cual según afirma es muy sencillo. Si se niega a hacerlo o fracasa, azotadlo.

      Los guardias me cogieron y me sacaron casi a rastras de la sala del trono. Tan pronto como salimos, me arrancaron la ropa y me echaron sobre los hombros la prenda blanca de los esclavos. Así vestido, fui conducido de nuevo al alojamiento de los esclavos, de donde había salido hacía pocos minutos. Moka y mis amigos se acercaron a saludarme, mostrando su indignación cuando les referí lo ocurrido. Aplaudieron con entusiasmo mi actitud, aunque Lamu sugirió que tal vez habría sido mejor aceptar la proposición de Kapioma y alcanzar el rango de Alii, lo cual me habría permitido quizás ayudarlos a escapar. Una fría mirada de Moka lo hizo callar. Después de hablar un rato, nos separamos para ocupar los dormitorios que comunicaban con la sala central.

      Permanecí despierto haciendo planes. De momento, todo había salido mejor de lo que yo esperaba. Awlo estaba viva y no corría ningún peligro inmediato. Tenía cien amigos leales que me apoyaban y, mejor aún, se me había ordenado ir al laboratorio para construir un aparato de radio: exactamente lo que necesitaba para comunicarme con Olua. Me dormí pensando que la fortuna me mimaba.

 

      La mañana siguiente, mientras los esclavos eran conducidos al trabajo, vino un guardia para conducirme a la central eléctrica, instalada en los jardines del palacio real. Fui trasladado al laboratorio y se me ordenó sin rodeos que explicase cómo pensaba enviar mensajes a través de las ondas eléctricas. Respondí que no conocía sus métodos de transmisión de electricidad y que ante todo necesitaba familiarizarme con sus instalaciones; de lo contrario no podría mostrarles nada nuevo. Después de una consulta, se consideró razonable mi postura y fui confiado a uno de los hombres del laboratorio, para que me enseñara todo lo que supiera sobre transmisión de la electricidad.

      Mi guía e instructor era un joven de mi edad poco más o menos. A pesar de sus ojos sesgados y su piel amarilla, demostró ser un sujeto muy simpático y un científico capaz. Era hijo de uno de los Alii más importantes de Kau. Mientras trabajaba con él en cierta

medida nos hicimos amigos, y un día me confesó que una de sus bisabuelas había sido traída de Ame, la segunda ciudad del imperio de Ulm, como esclava. Esto probablemente explicaba por qué parecía interesarle un poco menos la ciencia y algo más los seres humanos, en comparación con el resto de sus compatriotas. En conjunto, fue la persona más amable y agradable que conocí entre los kauanitas. Sólo su inquebrantable lealtad a Kapioma me impidió sugerirle a Waimua —así se llamaba— la idea de unirse a nosotros. Su muerte trágica, ocurrida más adelante, fue un motivo de dolor inconsolable para mí.

      Me resultó fácil seguir las explicaciones de Waimua. La electricidad de todo el imperio de Kau era generada en un edificio de Kaulani y transmitida para uso general. Había cinco instalaciones distintas y separadas entre sí, cada una de las cuales radiaba las cinco longitudes de onda que Olua me había descrito anteriormente. Al principio me asombré pensando en la enorme pérdida de energía que implicaba una transmisión ininterrumpida, pero luego descubrí que sólo se emitía en régimen continuo una onda piloto de poca energía. Los generadores estaban construidos de modo que, cuando la onda piloto comunicaba una demanda, automáticamente se conectaba una onda direccional de la energía necesaria para satisfacer aquélla. Los contadores registraban la dirección así como la distancia entre la central eléctrica y el consumidor. Por tanto, era posible determinar la situación de cualquier nave que volara sobre el imperio, con un error no superior a veinte kilómetros, sobre un mapa instalado en la estación emisora de vuelo. Naturalmente, la instalación más pequeña era la que alimentaba los aviones privados y los trajes de combate del Sibama.

      El fin del día llegó antes de que hubiéramos terminado la explicación del sistema, pero tuve ocasión de introducir a Waimua en los elementos fundamentales de la radiotelegrafía. Comprendió en seguida el principio y prometió reunir cuanto necesitáramos para los  experimentos, haciendo que los mejores proveedores de instrumentos del imperio fabricasen válvulas de acuerdo con mis instrucciones. Cuando se dispusiera del equipo necesario, estaríamos en condiciones de comenzar los experimentos. Localicé con facilidad la pantalla del laboratorio tras de la cual había escondido Olua su traje de lucha pero, naturalmente, no traté de entrar ni di a entender que conociera su existencia.

      Mientras recorría la central eléctrica, empecé a forjar un plan que parecía convertir nuestra huida en algo no del todo imposible. Aunque no me proponía dar el golpe sin establecer antes comunicación con Olua, para ponerlo al tanto acerca de la parte que le tocaba a él, consulté la idea con Moka, como algo absolutamente confidencial. Prometió disponer a nuestros hombres para que recogieran con urgencia cierta información que yo necesitaba. Al principio propuse hablar únicamente con nuestros hombres más discretos y seguros, no divulgando el asunto hasta la hora de entrar en acción. Como aquella noche no fuimos interrumpidos, los miembros del Tribunal de los Señores consideraron que el momento era propicio, y Lamu y yo hicimos un juramento temporal de amistad.

      Al día siguiente terminé de dictar mis instrucciones, y al tercer día los fabricantes sometieron a mi aprobación una docena de válvulas de radio. Teniendo en cuenta que jamás habían visto la menor válvula para telecomunicación, habían hecho un trabajo bastante

aceptable, lo cual me dejó pocas dudas en cuanto al éxito de mis esfuerzos. En seguida, Waimua y yo comenzamos a montar un transmisor y dos receptores. Uno de los receptores sólo funcionaba con determinada longitud de onda, pero el otro era de varias bandas, lo cual, no sólo me permitía comunicar con mi propio transmisor, sino también recibir mensajes de Olua cuando estableciese comunicación con él. Transcurrió una semana antes de que pudiera hacer un ensayo.

      Los receptores funcionaban perfectamente mientras se hallaban en la misma sala que el transmisor. Bajo pretexto de probarlos a mayor distancia, envié a Waimua en un avión militar a ochenta kilómetros. Tan pronto como salió, sintonicé la longitud de onda de mi máquina y lancé varios mensajes, frenético. Me pareció que transcurrían horas, hasta que llegó una respuesta. Olua había estudiado diligentemente el código internacional desde mi partida, y no tuvo dificultad en recibir mis mensajes y responder. Le resumí el estado de cosas en Kau y le expliqué nuestros planes. Hizo algunas sugerencias excelentes, basadas en su conocimiento de la ciudad de Kaulani, propuestas que incorporé rápidamente a mis planes. Previendo la posibilidad remota de que esto pudiera ser útil, le ordené que efectuara un viaje en mi máquina al plano superior, para traer ciertas provisiones. En mi valle escondido de Nevada había dejado una suma cuantiosa en oro, y le dije dónde encontrarla. Prometió cumplir fielmente el encargo, y entonces sintonicé la longitud de onda correspondiente al receptor que llevaba Waimua.

      Transmití un mensaje mutilado, variando de vez en cuando la energía para que las señales llegaran con poca claridad. Estaba bastante seguro de que Waimua sólo captaría algunos fragmentos del mensaje, pero este éxito parcial le daría ánimos. Pensaba alargar

el trabajo algunos días fingiendo estudiar el perfeccionamiento del sistema, hasta que estuviéramos preparados para alcanzar la libertad. Mi plan se desarrolló a la perfección. Waimua regresó locamente entusiasmado con los resultados obtenidos en el primer intento.

Desarmamos los dos receptores y los transmisores, y nos propusimos reconstruirlos con ligeras modificaciones que, según le aseguré, darían un fruto completo.

      Aquella noche Moka nos comunicó que Hiko había obtenido la última información que precisábamos. Ya no era necesario esperar más. Todos, incluso Lamu, estaban al tanto del plan y del papel que correspondería a cada uno en el mismo.

 

      En resumen, nuestro plan era el siguiente: En un momento dado, nos dividiríamos en dos grupos. Uno atacaría la central eléctrica a mis órdenes, y cortaría la emisión de energía. Hecho esto, los demás, a las órdenes de Moka, invadirían el palacio y rescatarían a Awlo. Luego todos nos refugiaríamos en la central eléctrica. Pensábamos capturar varios científicos kauanitas y encerrarlos en la central con objeto de obligarlos a modificar un avión militar de cien plazas que estaba en un hangar situado en la azotea de la central eléctrica, y que utilizaba la longitud de onda privada del Sibama. Estropearíamos todas las unidades generadoras salvo la pequeña, que emitía dicha longitud de onda. Entonces todos, excepto un destacamento escogido, partiríamos en la nave modificada, y el grupo de héroes

procuraría defender la central eléctrica hasta que estuviéramos muy lejos de Kau.

      El plan era arriesgado, pero no se me ocurrió otro mejor, y me negué terminantemente a explicar lo que sucedería cuando los rezagados fueran vencidos y nuestra nave derribada. Tenía otro plan que no había confiado siquiera a Moka. Pensaba llegar hasta mi máquina y armar a mi grupo. A juzgar por lo que nosotros habíamos visto, Kau no poseía armas de fuego. Ante cien hombres bien armados y decididos, todo el ejército de Kau sería impotente, puesto que sus trajes de combate habrían dejado de funcionar al quedar privados de la energía que los alimentaba. Lo que hiciéramos después de escapar dependería de los deseos de Awlo. Podíamos destruir a los menas y volver a fundar el imperio de Ulm (por lo que sabíamos. Ame aún no había caído en manos de los menas) o fundar un nuevo imperio en algún punto lejano de nuestro minúsculo mundo, en un lugar donde ni los menas ni los kauanitas pudieran encontramos.

      La parte más débil del plan consistía en el hecho de tener que actuar a plena luz del día, pues de noche nos encerraban. Como esto era irremediable, decidimos intentarlo a mediodía. Confiábamos en el factor sorpresa y en el hecho de que la mayoría de los asistentes del palacio estarían comiendo. Por la mañana, al salir de nuestras habitaciones, no pude dejar de preguntarme cuántos de mis valientes súbditos estarían con vida esa misma noche.

      Alrededor de las diez, mientras Waimua y yo trabajábamos en el transmisor de radio, aparecieron dos guardias en el laboratorio y me ordenaron que los siguiera. Se negaron a contestar a mis preguntas y sólo dijeron que se reclamaba mi presencia en la sala del trono. Di algunas instrucciones a Waimua, me situé entre ellos y salimos. Al salir de la central eléctrica, vi que algo había ido mal. Los ulmitas eran conducidos a sus alojamientos por escuadrones de guardias provistos de trajes de combate. Fui llevado ante la puerta de la sala

del trono, donde encontré a Lamu, Moka y Hama, todos bajo custodia. La puerta se abrió y me ordenaron que entrase para presentarme ante el Sibama. Aparté bruscamente las manos de los guardianes y caminé con la cabeza erguida hasta el pie del estrado. Miré a Kapioma con desafío, y él devolvió la mirada con la frialdad que solía.

      —Courtney —dijo con voz gutural—, he sido informado de una conjura que existe entre los esclavos ulmitas para apoderarse de la central eléctrica y huir luego en un avión militar pilotado por ti. ¿Qué tienes que decir?

      —Nada, señor —respondí secamente.

      —Poseo todos los detalles de la conspiración, y toda negativa es inútil —prosiguió—. Como cabecilla, naturalmente tu destino es la muerte. Aún no he decidido en qué forma serás ejecutado, y mi Tribunal de los Señores aún no ha debatido la suerte que correrán tus

partidarios.

      —Comprendí hace mucho tiempo que habías decidido matarme, Kapioma Sibama —dije fríamente—. Sólo así puedes disolver los lazos que me unen con Awlo. Las leyes de Kau podrán decir lo que quieran sobre los esclavos, pero nos casamos según las leyes de

Ulm cuando yo era libre y príncipe. Mi esclavitud no anula el lazo, que sólo puede ser cortado por el Sibama de Ulm con la aprobación de su Tribunal de los Señores. Me gustaría saber cómo conociste nuestro plan.

      —Uno de los tuyos, a quien vilmente pensabas dejar en la estacada por motivos de celos, se enteró casualmente del plan, averiguó los detalles y te denunció.

      —No pensaba dejar a nadie aquí —exclamé, sorprendido.

      —¿No pensabais abandonar a Lamu aquí?

      —No. Iba a ser el jefe del grupo encargado de tomar y cubrir la instalación eléctrica mediante la cual pensábamos escapar.

      — Entonces, Lamu ha mentido —afirmó Kapioma en tono grave—. No es la primera vez que descubrimos sus embustes. Parece ser, Courtney, que hasta un Príncipe de Ulm es capaz de traicionar. ¡Traed a Lamu!

      El tembloroso Lamu fue arrastrado por los guardias hasta el estrado. Se postró ante el trono y alzó la mirada con gesto abyecto. Su servilismo me desagradó, y le propiné un puntapié.

      —¡Levántate y acepta tu suerte como un hombre! —dije.

      Kapioma sonrió fríamente, mientras Lamu procuraba ponerse en pie y me dirigía una mirada de odio.

      —Lamu —dijo—, has mentido demasiado. El castigo por mentir al Sibama de Kau es la muerte, y ésa es la pena que mereces. En todos los países, los reos de alta traición son condenados a muerte, y tú lo has traicionado a él, que es tu Sibama legítimo, aunque ahora sólo sea un esclavo de Kau. Eres doblemente reo de muerte, y morirás tan poco a poco, que te parecerá haber pasado dos veces por la agonía de la disolución. A pesar de lo que me dijiste, pensabas escapar.

      —¡No es verdad! —gritó Lamu—. Hasta anoche no me enteré de la conjura, cuando sorprendí una conversación entre Moka y Courtney. Se lo dije a la guardia en la primera oportunidad que se me presentó.

      —Traed a Moka y a Hama —ordenó Kapioma.

 

      Los dos Alii fueron conducidos hasta el trono, y me alegré al ver que ambos se inclinaban sólo con el mínimo de deferencia debida a un monarca entronizado, y ni un solo punto más.

      —¿El esclavo Lamu era cómplice de la conjura para escapar, o no pudo conocerla hasta anoche? —preguntó imperativamente el Sibama.

      Los dos nobles me miraron esperando mis órdenes.

      —¡Decid la verdad! —dije.

      —Tomó parte en la conjura para escapar, pues fue iniciado en ella hace cuatro noches, Kapioma Sibama —respondió Hama. Moka asintió con la cabeza.

      —Lamu, las palabras de tus compatriotas te condenan —declaró Kapioma—. Tu muerte será tal, que durante generaciones hará brotar sudores de terror en las frentes de los criminales. Courtney, las leyes de Kau no son inexorables. Has sido víctima de alguien en

quien confiabas, y el tormento de saber que uno de tus príncipes era un traidor constituye ya un gran castigo. Tal vez no tengas que morir. Si te divorcias de Awlo como te he pedido, presentaré tu caso ante mi Tribunal de los Señores recomendando clemencia. No, no me respondas ahora; sé cuál iba a ser tu respuesta si no te diera tiempo para meditar la cuestión. Reflexiona. Si mueres, contigo morirán todos los implicados en la conjura. Como criminales, morirán en el tormento. A ti te reservaré una muerte de soldado.

      —No por consideración a mí, Kapioma Sibama, sino porque no puedes dignificar a la viuda de un hombre ejecutado como criminal —señalé, indignado.

      —Exacto, Courtney. Nada vas a ganar negándote a aceptar mis condiciones. Te doy dos días para tomar una decisión. Mientras tanto, será un placer concederte cualquier deseo razonable que formules. ¿Tienes algún deseo?

      —Sí —repliqué, con la sangre hirviendo—. Permite que sea yo quien ejecute tu sentencia de muerte contra ese canalla, que ha sido el culpable de todas mis miserias.

      Kapioma sonrió levemente, y Lamu se estremeció.

      —De buena gana —respondió el Sibama—. Será un espectáculo entretenido. Incluso te permito elegir el procedimiento que más te guste.

      —Deseo matarlo en lucha justa.

      Kapioma nos contempló a ambos durante un rato.

      —Sea —accedió—. Si él te mata, el problema de Awlo queda resuelto del modo más sencillo. Se le perdonará la vida y servirá como esclavo en Kau el resto de sus días. Si lo matas, tú y tus súbditos quedaréis en libertad. Seréis llevados a las montañas de Kau y abandonados allí con armas, así como agua y alimentos para dos semanas. Si alguno de vosotros regresa a Kau, morirá en el tormento. Si lográis atravesar las montañas, tal vez seáis exterminados por los menas. ¿Qué me dices?

      —¿Y Awlo? —pregunté.

      —En cualquier caso, Awlo debe permanecer aquí y convertirse en mi Sibimi —respondió con impaciencia.

      —Entonces yo... —me interrumpí para reflexionar. Había estado a punto de afirmar que prefería morir en Kau antes que separarme de Awlo, pero se me ocurrió un plan. Mi muerte en Kau privaría a Awlo de su único protector, y en las montañas de Kau estaban almacenadas mis preciosas armas de fuego. Me corregí—: Kapioma Sibama, acepto tus condiciones.

      —¡Traed trajes de combate! —ordenó el Sibama.

      Un guardia se apresuró a acercar dos trajes de combate, equipados con ocho brazos.

      —Courtney, un sabio como tú no necesita instrucciones sobre el manejo de una herramienta tan sencilla —comentó fríamente Kapioma—. Puesto que Lamu no tiene tus conocimientos, lo instruiré personalmente para que la lucha sea más equilibrada.

      Comprendí en seguida que su plan consistía en que Lamu acabara conmigo, y recordé con pesar el traje de treinta brazos que Olua había escondido en el laboratorio. Sin embargo, no era cuestión de pedir imposibles, y dediqué mi atención a estudiar los seis mandos con que estaba equipado mi traje. Los localicé pronto.

      Kapioma tardó un rato en instruir a Lamu. Cuando estuvo seguro de que mi adversario conocía sus armas, ordenó que nos pusiéramos los trajes. Lo hicimos, y los guardias acercaron una inmensa cúpula de un material transparente y cristalino, que colocaron sobre

ambos. Era un material desconocido para mí. Parecía vidrio pero, pese a que la cúpula medía diez metros de diámetro y tres de altura, cuatro hombres la habían levantado con facilidad, como si fuese algo muy ligero. Oía la voz de Kapioma tan claramente como si la

cúpula no nos cubriera.

      —Que nadie intervenga —dijo el Sibama—. Contaré hasta cinco. Cuando haya pronunciado el último número, podréis pelear, antes no. ¿Preparados? ¡Uno! ¡Dos!...

      Un fogonazo verde cegador brotó de uno de los brazos del traje de Lamu. Mi brazo izquierdo quedó inutilizado, paralizado por el rayo mortífero. Lamu desvió la cabeza y levantó un brazo para protegerse los ojos del resplandor. El rayo cesó sin dañarme más. Aguardé a que Kapioma finalizase la cuenta. Estaba seguro de que le había sugerido a Lamu que diese comienzo a la pelea antes de escuchar el último número; en cambio, yo habría sido castigado si hubiera hecho lo mismo.

      —¡Tres! —exclamó su voz después de una pausa—. ¡Cuatro!

      Lamu se había recuperado del sobresalto y con expresión astuta acercaba poco a poco el rayo verde, que se quebraba inofensivamente contra la cúpula cristalina que nos cubría, para apuntarlo sobre mí. Cada vez se acercaba más, y Kapioma no pronunciaba el último número. El rayo tocó mi brazo paralizado y bajó hacia la pierna.

      —¡Cinco! —pronunció al fin la voz de Kapioma.

      Encendí el rayo naranja, y el rayo verde de Lamu desapareció. Perdí un segundo volviendo el rayo naranja hacia mi brazo paralizado para recobrar su uso. Esto me permitiría emplear dos de mis armas a la vez.

      Concentré de nuevo el rayo naranja sobre Lamu y luego, en rápida sucesión, el rojo y el verde. Era un truco de lucha que me había enseñado Olua. Hubo un fogonazo cegador en el traje de Lamu, y su rayo verde desapareció. Una de sus armas más poderosas había quedado inutilizada.

      Una expresión de pánico apareció en su rostro, y lanzó el rayo rojo. Yo había decidido luchar a la defensiva, limitándome a neutralizar sus armas, por lo que apagué los rayos naranja, verde y rojo, envolviéndome en un resplandor azul. Lamu trató en vano de atravesar el escudo de luz azul con el cual me protegía. Entonces tocó su traje y comenzó a moverse un rayo blanco junto al rojo. Olua me había hablado de este rayo terrible, que deshidrataba todo lo que alcanzaba, y me apresuré a activar el rayo amarillo para combatirlo. Nos movimos en círculos y sus rayos intentaron, en vano, encontrar un hueco en mi armadura de luz. Procuré recordar otros trucos de los que me había hablado Olua, y se me ocurrió uno. Desconecté de súbito la emisión de ambos rayos. Lamu dirigió los dos brazos resplandecientes de su traje de combate hacia mi corazón. Cuando los dos rayos coincidieron momentáneamente, encendí el verde y el amarillo. Como había que cubrir sólo un rayo, la ventaja estaba de mi parte.

      No conseguí recordar la forma de inutilizar su rayo blanco y, para impedir que la lucha se prolongara indefinidamente, desvié con rapidez mi rayo verde y lo dirigí contra sus piernas. Antes de que pudiera encender el rayo neutralizador naranja, el paralizante había

surtido su efecto infalible y cayó al suelo. Me acerqué a él. Olua me había dicho que casi todos los rayos eran destructores cuando alcanzaban la misma fuerza que los generaba. Cogí el brazo que emitía el rayo blanco y lo retorcí lentamente. Lamu intentó luchar, pero un toque del rayo paralizante dejó sus brazos tan inútiles como sus piernas. Seguí doblándole el brazo, hasta que el rayo blanco taladró su propio generador. Al instante se apagó y Lamu quedó desarmado.

      Un disparo con cualquiera de mis rayos ofensivos habría terminado con él, pero no pensaba matarlo de ese modo. Me incliné y le quité el destrozado traje de combate. Lo arrojé a un lado y retrocedí. Mi rayo naranja brilló un instante y Lamu se puso en pie, tan fuerte como al principio de la batalla.

      —Esta lucha es entre tú y yo, Lamu Siba —le dije en tono amenazador, hablando despacio—. Prepárate a morir a mis manos.

      Me quité rápidamente el traje de combate. Lamu me espiaba como un felino. Cuando me vio con los brazos ocupados en quitarme el traje, se irguió y atacó. Retrocedí y me hice a un lado, esquivándole. Levantó el pie derecho y me dio una fuerte patada en la ingle. Me doblé, lanzando un grito de dolor, y Lamu se abalanzó sobre mí. esgrimiendo una daga.

      Tuve lucidez suficiente para volverme sobre un costado, y la daga de Lamu sólo rozó mi espalda. El dolor del golpe bajo era terrible, y yo estaba desarmado. Pero, mientras se rehacía para atacar de nuevo, logré quitarme el traje y me precipité hacia su garganta. Su

daga relampagueó ante mis ojos, pero no hice caso y lo agarré por el cuello, dejándome caer al suelo. Sentí una puñalada en el hombro y otra en el costado antes de conseguir ponerle la rodilla en el pecho. Entonces le arranqué la daga, arrojándola lejos. Volví a tomarle del cuello y comencé a apretar. Su rostro se congestionó y me dirigió una mirada suplicante. Aflojé un momento la presión y bajé la cabeza.

      —¡Piedad, Courtney Sibama!.—fue el áspero susurro que salió de sus labios.

      —¿Y tú cuándo has conocido la piedad? —pregunté—. ¿Dónde está Awlo? ¿Dónde está Kalu Sibama? ¿Dónde está la destruida Ulm? Tu vida está triplemente perdida a causa de tu traición, y mi corazón no tendrá piedad de ti.

      Apreté lentamente su garganta. Su respiración se volvió jadeante y luego se convirtió en un silbido rápido. Su cabeza cayó hacia atrás, con los ojos saliéndole de las cuencas y horriblemente fijos. Aún los recuerdo. Arrodillado sobre su pecho, aflojé mi presión sobre su garganta, le cogí la cabeza y la retorcí poco a poco, hasta que las vértebras cedieron con un chasquido y la cabeza cayó inerte. Así murió Lamu Siba, Príncipe de Ame del Imperio de Ulm, a manos de su rey, a quien había traicionado.

      Me puse en pie, vacilante, y me volví hacia Kapioma.

      —Tu sentencia ha sido cumplida, ¡oh Sibama! —jadeé—. ¿Cuándo podemos partir mis súbditos y yo?

      —Tan pronto como te hayas curado las heridas y puedas viajar, Courtney —respondió gravemente—. Me ha defraudado la pelea ofrecida por ese miserable, pero cuando el Sibama ha dado su palabra no puede volverse atrás. Has desdeñado la muerte rápida y honrosa de un soldado a cambio de una muerte lenta por la sed y el hambre en las montañas. Ya has tomado la decisión. Recuerda, sin embargo, que mi oferta de respetar tu vida sigue en pie. Divórciate de Awlo y serás libre.

      Me erguí para lanzarle un desafío, pero no pude hacerlo. Había perdido más sangre de lo que suponía. Me tambaleé unos momentos y luego todo se volvió negro. Sentí que caía por un abismo interminable, y luego no recuerdo nada más.

 

      Tardé cuatro días en recobrar los sentidos, pero cuando lo hice estaba en condiciones de viajar. Los médicos de Kau me habían tratado con rayos terapéuticos que curaron mis heridas y restauraron mis fuerzas. En efecto, apenas sentía las secuelas de la terrible batalla que había reñido. Moka quiso que descansara algunos días, pero no me atreví a hacerlo. Sólo faltaban catorce días para la fecha en que había de morir la Sibimi de Kau, y me estremecía pensar en el sino de Awlo si no lográbamos regresar antes. Por ello, le recordé

a Kapioma su promesa y solicité partir en seguida.

      En algún resquicio de su corazón debía quedar una pizca de caballerosidad no pervertida, pues acudió en persona a la central eléctrica para despedirnos.

      —Adiós, Courtney Sibama —dijo—, pues habiéndote liberado de la esclavitud, recobras tu título real. Lamento que no hayas aceptado las condiciones tan generosas que te ofrecí; considero que habrías sido útil en mi corte. No obstante, he dado mi palabra y puedes irte. Con eso no hago más que modificar la forma de tu muerte. No os está permitido regresar a Kau. Si os quedáis en las montañas, moriréis de hambre, y si volvéis a Ulm los menas os exterminarán. En cualquier caso, me veré pronto libre de vosotros.

      Me humillé para solicitar de él un favor antes de irme.

      —Kapioma Sibama, puesto que voy a morir —dije—, apelo a tu compasión para una cosa. Deseo ver a Awlo antes de partir.

      Frunció el ceño.

      —Eso es imposible —señaló con severidad—. Awlo no sabe que estás aquí, y te cree muerto. Puesto que morirás pronto, de todos modos, no deseo refrescar su memoria y abrir sus heridas. Eso la enemistaría conmigo.

      No me atreví a decir más, sino que entré en el aparato de transporte que nos esperaba. Mis hombres me siguieron, y poco después nos elevamos rápidamente, poniendo proa al oeste.

      —¿Dónde aterrizamos, Courtney Sibama? —preguntó Neimeha, que era el comandante.

      —Déjanos donde me encontraste —respondí.

      Neimeha se encogió de hombros y habló con el piloto. Dos horas después de nuestra salida de Kaulani, la nave aterrizó y desembarcamos. Luego voló sobre nosotros durante algunos minutos, y por último emprendió el regreso a la capital de Kau. Moka se dirigió a mí cuando hubo desaparecido la nave kauanita.

      —¿Cuáles son tus proyectos, Courtney Sibama? —preguntó.

      —Regresaremos a Kau y rescataremos a nuestra Sibimi. Luego haremos lo que indiquen las circunstancias.

      —Sólo somos ciento dos —señaló Moka, pensativo—, y Kau tiene miles de hombres. ¿Podemos confiar en la victoria?

      —Cien hombres bien armados pueden hacer maravillas, Moka —repuse—. ¿Has olvidado que salí de Ulm en busca de armas? Están escondidas en estas montañas. Iremos hasta donde se encuentran, y luego haremos planes. Debo encontrar a un Alii de Ulm que ha vivido muchos años en Kau y conoce sus armas. ¿Crees que la nave kauanita regresará para espiar nuestros movimientos?

      —Puesto que nos prohibieron regresar, supongo que sí.

      —Eso espero. Si regresan, tengo una idea que tal vez nos permita llegar a Kaulani sin luchar. Pero antes hemos de conseguir las armas necesarias.

      Los kauanitas me habían devuelto la brújula antes de dejarnos, quedándose con mis pistolas automáticas, aunque no sabían cómo usarlas. Me orienté con la brújula y, cargados con alimentos y agua, comenzamos nuestra expedición hacia donde estaba mi máquina.

      Moka estaba en lo cierto cuando afirmó que los kauanitas nos seguirían. Aquella misma tarde, a última hora, mientras nuestro grupo escalaba entre grandes dificultades las rocas desnudas, el vehículo que nos había llevado a las montañas aterrizó sobre una elevación cercana. Cuando nos hubieron localizado parecieron darse por satisfechos; después de observarnos un rato, emprendieron el regreso a Kaulani. Se hizo de noche; habíamos recorrido poco más de la mitad de la distancia que, según mis cálculos, nos separaba del

emplazamiento de la máquina. Esperaba no errar el camino.

      La noche fue terriblemente fría y, como no teníamos mantas ni nada parecido, tuvimos que apiñarnos y procurar pasar la noche lo mejor que pudiéramos. Los hombres de Ulm no estaban acostumbrados al frío y sufrieron mucho, pero nadie se quejó. La mañana siguiente reanudamos la marcha.

      A mediodía me pareció que ya habíamos andado bastante, pero ningún rasgo del paisaje me resultaba familiar. Di el alto a la columna y envié partidas de exploradores en varias direcciones. Todos tenían órdenes de regresar al mismo punto antes del crepúsculo.

      Era difícil encontrar el camino en un terreno tan accidentado, incluso con la brújula. Estuve a punto de perderme, y había comenzado a ponerse el sol cuando la partida dirigida por mí regresó al campamento. Otras dos partidas aún no habían aparecido. No teníamos nada para encender fuego; lo único que podíamos hacer era gritar de vez en cuando para guiar a los rezagados. Una de las partidas regresó hacia las ocho de la mañana, pero amaneció sin noticias de la otra. Esto me extrañó, conociendo el maravilloso sentido de orientación que poseían todos los ulmitas. Hice una verificación y en seguida descubrí que tal sentido no funcionaba en las montañas. No sabría explicar el motivo, pero no funcionaba.

      La mañana siguiente celebré consejo con Hama y Moka. Estaba seguro de que no andábamos lejos de la máquina y las armas, pese a que el día anterior habíamos recorrido la comarca sin encontrar nada. Juzgando que estábamos demasiado al sur, propuse trasladar

el campamento, pero aún quedaba el problema de la partida perdida. Finalmente decidimos dejar diez hombres a las órdenes de Hama en el primer campamento; los demás nos trasladaríamos ocho kilómetros hacia el norte, manteniéndonos en comunicación por medio de mensajeros. Desde el nuevo campamento enviaría nuevas partidas de búsqueda. Así se hizo, pero al cabo de otros dos días aún no habíamos encontrado la máquina y empecé a temer que los kauanitas la hubieran hallado y cambiado de lugar. El cuarto y el quinto días transcurrieron del mismo modo. Hasta mi partidario más firme, Moka, empezó a dudar.

      La mañana del sexto día nos disponíamos a enviar nuevas partidas para la pesada búsqueda, cuando oímos un grito débil al sur y vimos que uno de los hombres de la partida de Hama se acercaba corriendo. Según iba reduciéndose la distancia, pudimos notar que era presa de gran excitación.

      —¡Hemos encontrado el lugar, Sibama! —jadeó cuando estuvo al alcance de nuestros oídos—. La partida de Hiko lo encontró el primer día, pero el mensajero que enviaron se cayó y se rompió una pierna. Hoy ha llegado a nuestro campamento, arrastrándose, casi

muerto de dolor y de sed. Dice que Hiko y dos hombres se quedaron allí, pero que no sabe dónde es.

 

      El hecho de que hubieran encontrado el mecanismo cerca de donde estábamos era algo esperanzador. Levantamos el campamento rápidamente y volvimos atrás para unirnos a la partida de Hama. Nos enteramos de que Hama había enviado a todos sus hombres en la

dirección tomada por Hiko al salir del campamento. Sólo quedaba esperar que ellos encontrasen el lugar. Antes de tres horas llegó un hombre y nos avisó de que lo habían localizado. Afirmó que habían encontrado la cueva y las cajas, pero que no había rastro de Olua ni de la maquina. Emprendí la marcha en seguida, con una partida que llevaba alimentos y agua para los hombres de Hiko, y dejando a la mayoría en el campamento a la espera de que regresaran todos los hombres de Hama, después de lo cual levantarían el campamento y se reunirían conmigo la mañana siguiente.

      El aviso del explorador era exacto. En la caverna estaban los cajones con armas y las cajas de municiones, pero no Olua ni la máquina. Me devané los sesos pensando qué pudo ocurrir. La única explicación lógica sugería que, al regresar desde el plano superior, cumplidas mis órdenes, la máquina se había movido. En tal caso lo tendríamos a varios kilómetros de distancia, buscándonos afanosamente. La pérdida de la máquina era un duro golpe, pero aún teníamos las armas y las municiones y no era cosa de desesperar.

      Resultó fácil abrir los cajones de los rifles y las cajas de municiones. Me sentí mejor cuando vi a mi minúsculo ejército armado con rifles y pistolas modernos, si bien nadie sabía manejarlos, y además yo abrigaba serias dudas en cuanto a su eficacia contra los trajes de combate de los kauanitas. El hecho de que no supieran utilizar las armas no me preocupaba demasiado, pues aún faltaban ocho días para la ejecución de la Sibimi de Kau. Además, había forjado un plan que, en caso de éxito, nos permitiría recorrer en poco tiempo los trescientos sesenta kilómetros que nos separaban de Kaulani. La nave kauanita había sobrevolado nuestro grupo todas las tardes, con la evidente intención de controlar nuestros movimientos. Mi plan consistía en algo tan atrevido como intentar su captura. Bendije mi suerte al no haber terminado el aparato radiotelegráfico antes de abandonar la ciudad.

      Mi primera ocupación fue instruir a mis hombres en el manejo de las pistolas y rifles. Había traído cien rifles y treinta mil cartuchos, además de un centenar de pistolas y diez mil balas. Consideré que podía gastar cien cartuchos de rifle por hombre y la mitad en municiones de pistola para prácticas de tiro, sin que corriéramos peligro de quedamos inermes. Improvisamos un polígono y pusimos una guardia para advertir la llegada de las naves kauanitas. Los ulmitas se aficionaron a las armas tanto como los patos al agua. Cinco días después llegué a la conclusión de que mi instrucción había dado un resultado satisfactorio, y aguardé ansiosamente la llegada de la nave que pensaba capturar.

      Me invadió una gran angustia cuando la nave no apareció ese día, ni al siguiente ni al tercero. Los alimentos y el agua estaban prácticamente agotados, dado que sólo nos habían proporcionado vituallas para catorce días. Evidentemente, y puesto que no podíamos regresar a su país, las kauanitas habían llegado a la conclusión de que no nos atrevíamos a luchar con los menas y estimaron superfluo continuar la vigilancia. Una negra desazón hizo presa de mí al anochecer del decimocuarto día desde nuestra salida de Kaulani. Era el día fijado para la ejecución de la Sibimi de Kau, y me enloquecía el pensar que mi princesa estaba a merced de Kapioma.

      No podríamos cubrir la distancia que nos separaba de Kaulani en menos de cinco días de marcha forzada, ni teniendo provisiones suficientes; todo mi plan se fundaba en la captura de una nave kauanita. La mañana siguiente —la del decimoquinto día— nos halló

sin agua, casi sin alimentos, y en el campamento cundió la desmoralización. Sentíamos necesidad de movernos, pero no sabíamos a dónde ir ni podíamos hacer nada. Aquella mañana, los ejercicios de tiro se hicieron de modo rutinario y bajo la impresión de que eran

una pérdida de tiempo.

      Procurando impedir la desmoralización de mis hombres, por la tarde volví a llevarlos al improvisado polígono, pero habían perdido el interés. La sed atormentaba a todos. Estaba a punto de ordenarles que regresaran al campamento, cuando nos estremeció el grito de alerta de uno de los centinelas apostados. Gritaba y señalaba hacia el este. En el repentino silencio que se hizo pude adivinar, más que escuchar, el lejano zumbido de las hélices. Todos conocíamos los planes y algunos de mis hombres adoptaron rápidamente la formación de emboscada que yo había previsto. Otros, mientras se acercaban los kauanitas, empezaban a disparar sobre los lejanos objetivos.

      Confiaba en la curiosidad de los kauanitas, que los obligaría a descender para observar nuestros movimientos, y comprobé que no me había equivocado. La nave sobrevoló durante quince angustiosos minutos nuestra posición, antes de descender a unos noventa metros de distancia. Un destacamento de kauanitas armados con trajes de combate de seis brazos desembarcó entonces y se acercó a nuestros puestos. Yo me había cubierto detrás de una roca, a unos cincuenta metros de la nave. El ángulo en el que aterrizó la nave era tal que me impedía ver el cuadro de mandos a través de la escotilla abierta, algo esencial para tratar de capturarla. Dejé pasar a los kauanitas e hice sonar mi silbato.

      Sonó una descarga cerrada, y los kauanitas retrocedieron bajo el impacto de las balas de grueso calibre disparadas desde tan corta distancia. Pero llevaban los trajes de combate y ninguno resultó herido. Rayos verdes y rojos surgieron de sus brazos, y varios de mis hombres cayeron. Los kauanitas seguían avanzando poco a poco, mientras se desplegaban. Era lo que yo esperaba. Levantando el arma, corrí a espaldas de los contendientes, hasta divisar a través de la escotilla el cuadro de mandos. Me eché al suelo y apunté. Antes me había sentido nervioso, pero cuando llegó el momento de disparar estaba tan firme como una roca. Apunté al interruptor que ponía bajo tensión los trajes de combate, perdiéndolo un instante de vista mientras apretaba despacio el gatillo. Sonó una detonación ensordecedora. Al instante, los rayos se apagaron y, con un grito de triunfo, mis hombres se pusieron en pie. Efectuaron una descarga cerrada y el terreno quedó cubierto de kauanitas muertos y heridos. Había logrado neutralizar todos los trajes de combate.

      El piloto de la nave no perdía el tiempo. Mis hombres corrieron hacia la nave, pero el primero aún se hallaba a cuarenta metros cuando la hélice central se puso en marcha y la nave avanzó. Hiko estaba más cerca, y casi la alcanzaba, pero un fogonazo blanco y cegador brotó de un costado y lo obligó a retroceder. La nave ganaba impulso rápidamente.

      Mis hombres la persiguieron, pero yo conocía mejor que ellos el manejo del rifle. Pasé un proyectil a la recámara y apunté con mucho cuidado. Al dar en el blanco, la hélice central perdió velocidad y yo recargué rápidamente mi arma. El segundo disparo no acertó,

pero el tercero sí, y la hélice dejó de funcionar. Un cuarto disparo, el último del cargador, la hizo detenerse por completo. La nave, con sólo las dos hélices laterales, perdía altura.

      —¡A por ella! —grité, y mis hombres corrieron valientemente hacia la nave averiada.

      No quise disparar contra una hélice lateral, temiendo que la nave se estrellase y fuese imposible repararla. El aparato aterrizó y se detuvo. Mis hombres avanzaron con un grito de júbilo. Casi habían llegado a la nave, cuando surgió del costado otro destello cegador y cayeron al suelo dos ulmitas.

      Era evidente que los kauanitas poseían otros medios de ataque además de los trajes de combate, pero sólo parecían eficaces a corta distancia. Ordené a mis hombres que retrocedieran, y una descarga acribilló el aparato. Antes de acercamos, disparamos por segunda y tercera vez contra la cabina, para más seguridad. Entonces no se produjo ningún fogonazo. Cuando abrimos las escotillas, hallamos el interior de la cabina hecho un desastre.

 

      Mis soldados retiraron los cadáveres mientras yo revisaba la nave. Salvo mi primer disparo, los demás no habían alcanzado el cuadro de mandos, pero la hélice central estaba inservible. Una rápida inspección me indicó que el mando de los trajes de combate también había sido destruido, pero como mis hombres no sabían utilizar aquellas armas terribles, poco importaba. Todas las naves kauanitas llevaban un juego de hélices de repuesto. Las busqué y ordené que algunos de mis hombres desmontaran la estropeada. Los ulmitas eran tan poco hábiles con las herramientas, que por último tuve que hacer solo casi todo el trabajo. Como resultado, era casi de noche cuando probé la nueva hélice. Todos subieron a bordo y ocupé el puesto del piloto. Un aparato capaz para cien hombres exigía más de un navegante, lo cual me causaba dificultades. Maldije el error de Olua al regresar de Kau en mi máquina. ¡Lo que habría dado por tenerlo allí en aquel momento! No obstante, tenía que apañármelas, conque emprendí el vuelo y puse proa a Kaulani.

      Durante media hora navegamos hacia el este sin incidentes. Un grito del hombre que había puesto a vigilar nos avisó del peligro y Moka corrió a su lado para mirar por el telescopio. Tres naves de guerra kauanitas se acercaban a gran velocidad. Como no me atrevía a dejar los mandos ni un solo instante, impartí rápidas instrucciones para la lucha que se avecinaba y seguí pilotando.

      La capitana del enemigo se colocó a cincuenta metros y una hilera de señales luminosas apareció al filo de su ala. No las entendí. La nave maniobró en círculo y voló acompañándonos aproximadamente a noventa metros de distancia, sin dejar de hacer señales. Di la orden a Moka.

      Una salva de disparos salió de nuestras escotillas, y tuve la satisfacción de ver que la nave kauanita volaba sin rumbo unos instantes para luego caer en picado. Las demás se acercaron rápidamente, flanqueándonos. Cuando pasó la primera, nos disparó un fogonazo de luz púrpura. Sentí como un duro golpe, pero afortunadamente habían errado la distancia. Nuestra nave dio tumbos por el aire, corrigió su vuelo y prosiguió. Los disparos de nuestros tiradores eran mortíferos, y la segunda nave fue derribada lo mismo que la primera.

      La tercera nave había aprendido a respetamos. Pasó a nuestra altura, pero volando mucho más lejos. De súbito despidió una minúscula ráfaga de luz intensa que brilló sólo un instante. Todos los conmutadores de nuestro cuadro de mandos saltaron a sus posiciones de desconexión. Empezábamos a caer; abandoné los mandos de navegación y corrí al cuadro, accionando los interruptores con ambas manos; luego regresé a mi puesto y quise enderezar la nave. Apenas lo había logrado, la mancha de luz volvió a brillar y tuve que repetir la operación.

      —¡Dispara, Moka! —grité—. ¡No te preocupes por la distancia!

      A esta orden, se desencadenó fuego a discreción, pero la ráfaga apareció de nuevo cuando aún no había regresado yo a mi asiento de piloto. La nave cayó como una piedra. Los kauanitas, por lo visto, se consideraron satisfechos, pues nos mostraron su popa y se alejaron entre una oscuridad cada vez más densa. Restablecí los contactos, y con las tres hélices girando a máxima velocidad, hice un intento desesperado por enderezar la nave. Cada vez estábamos más cerca del suelo, mientras yo aplicaba toda mi fuerza a las palancas

de mandos. Cuando ya parecía que íbamos a estrellamos, noté que la nave respondía y poco a poco empezaba a ganar altura. Seguíamos manteniendo fuego de protección contra los kauanitas que huían, y cuando comenzábamos a subir, un grito de alegría de Moka, que vigilaba por el telescopio, me anunció que la nave kauanita tenía problemas. Nos acercamos a máxima velocidad y poco después vimos que volaba lentamente y con manifiesta dificultad. Bastaron unos disparos bien dirigidos para dar fin a la lucha. Abandonando los despojos, proseguimos nuestro viaje a Kaulani. Una vez más, agradecí la ignorancia de Kau en materia de telecomunicaciones.

      La noche caía rápidamente, pero me orienté por la brújula, y antes de una hora aparecieron ante nosotros las luces de Kaulani. Con todas las luces encendidas, me dirigí audazmente a la central eléctrica y aterricé en la azotea. Un escuadrón de guardias salió a recibirnos. Abrimos la escotilla y salimos. Diez de mis hombres se habían puesto los inservibles trajes de combate de los kauanitas muertos. Yo iba entre ellos, y los demás ulmitas nos seguían, como si fueran prisioneros.

      —¿Qué significa esto, Homena? —preguntó el oficial de guardia.

      Fueron sus últimas palabras, pues Moka lo estranguló sin que pudiera decir nada más. Amenazados por los brazos de los trajes de combate, los guardias kauanitas fueron reducidos y trasladados a la nave, donde los ataron y amordazaron. Los diez hombres vestidos con trajes de combate formaron a mi alrededor y me condujeron como fingido prisionero por la escalera que daba al laboratorio. Nos detuvimos antes de entrar y oímos el zumbido de un transmisor de radio. Era Waimua que estaba trabajando.

      Hice una seña a mis hombres para que se apartaran, y abrí despacio la puerta. Waimua estaba solo en el laboratorio; cuando entré alzó la mirada y sonrió.

      —¡Ah!, llegas a tiempo, Courtney —dijo—. He oído algunas señales en mi receptor...

      Su conferencia quedó interrumpida cuando le apunté con la pistola.

      —Quiero respetar tu vida, Waimua —expliqué—, porque fuiste bueno conmigo. Para que pueda hacerlo, debes rendirte. Hemos tomado la central eléctrica y mis hombres están afuera. Si haces el menor ruido, te mato aquí mismo.

      —¿Qué quieres decir? —preguntó, confuso.

      —Exactamente lo que he dicho. Hemos regresado de las montañas de Kau para rescatar a nuestra Sibimi, y no toleraremos ninguna oposición. Levanta las manos en señal de rendición, o disparo.

      Levantó de mala gana las manos, tal como le había ordenado. Me volví para llamar a mis hombres, y entonces él saltó. No contra mí, sino hacia un botón que había en su mesa de trabajo. Yo apreciaba a Waimua, pero era su vida o la mía y, con la mía, la de Awlo. Mi pistola lanzó su mensaje de muerte y el desgraciado investigador cayó al suelo. Mis hombres entraron al oír el disparo. Nos apiñamos junto a la puerta y aguardamos, con el alma en un hilo. No pasó nada. Por lo visto, los kauanitas estaban muy acostumbrados a oír

ruidos extraños procedentes del laboratorio, y al ser un tiro cosa desconocida para ellos, no se alarmaron.

 

      Seguro de que no vendrían a molestamos, descolgué un traje de combate de seis brazos y me lo puse. Tomé una distancia de treinta y cinco centímetros desde el borde de la enorme pantalla protectora que cubría toda una pared del laboratorio, y otra de veintiocho centímetros desde el margen izquierdo. Tracé una cruz y retrocedí. Apunté con mi rayo rojo a la intersección de las dos líneas que había dibujado, y lo hice funcionar con intensidad máxima durante ocho segundos. Luego apliqué el rayo naranja durante doce segundos. Cuando lo apagué, una parte de la pantalla se abatió lentamente hacia delante y allí, en un hueco, se hallaba el traje de combate inventado por Olua. Lo saqué y lo revisé.

      A pesar de sus treinta brazos, el traje pesaba menos de nueve kilos. Me quité el de seis brazos que llevaba y me endosé la nueva prenda. Me iba como anillo al dedo y no era mucho más incómodo que las ropas corrientes.

      Olua me había explicado su funcionamiento y, además, hallé instrucciones detalladas en el mismo escondite. Retrocedí y pasé varios minutos practicando el uso de los diversos mandos, mientras disparaba sobre la pantalla de protección. No disponía de tiempo para probarlos todos ni para ensayar qué control hacía funcionar qué arma, pero localicé el mando maestro, que activaba todos los rayos protectores a la vez. Convencido de que había aprendido bastante, saqué a mis hombres del laboratorio.

      Por algún motivo desconocido pudimos cruzar el edificio y salir a los jardines sin que ocurriese nada, aunque un grupo de once hombres con trajes de combate en el jardín del palacio del Sibama forzosamente debía llamar la atención. Avanzamos en silencio hacia

el palacio real hasta llegar junto al ala sur, donde sabíamos que estaba encerrada Awlo. Moka me indicó la ventana de su habitación. Le cedí mi rifle y empecé a trepar por la enredadera que cubría la pared. La ascensión fue difícil y tuve ganas de regresar al suelo para quitarme el engorroso traje de combate, pero el sentido común prevaleció y seguí trepando dificultosamente. Por último llegué a una altura desde donde podía echar una mirada a la habitación. La hallé vacía; por tanto, introduje la punta de la daga en la cerradura, abrí la ventana y entré.

      Me hallaba en un aposento lujosamente amueblado, pero un rápido recorrido de las habitaciones reveló que estaban tan vacías como la proverbial tumba. Me sentí abatido, temiendo que Awlo ya hubiera sido arrastrada hasta la cámara de Kapioma. Tanteé las

puertas y una de ellas se abrió. Salí a un pasillo desierto y avancé sigilosamente. Casi había llegado a otro corredor, cuando un leve roce a mis espaldas me obligó a volverme. Una puerta secreta de la pared que acababa de dejar atrás se abría poco a poco, y aguardé a ver quién era. Apareció un Alii kauanita, quien se volvió hacia mí. Cuando me vio abrió la boca para gritar, pero mi rayo verde brilló un segundo y quedó petrificado. Puesto que no me había hecho daño, neutralicé con el rayo naranja la parálisis de su cerebro. Pero dejé inutilizada su lengua, y antes de irme le apliqué en las piernas una buena dosis de rayo paralizante. Lo dejé indefenso y exploré el nuevo camino.

      Me hallaba en un pasadizo secreto, débilmente iluminado, que se prolongaba algunos metros hasta desembocar en una escalera. Dudé un instante sobre el camino a seguir y luego retrocedí hasta la puerta falsa. Estaba cerrada y no pude hallar el resorte o la palanca que la hacía funcionar. Me habría sido fácil abrirme paso con el rayo térmico, pero no quise correr el riesgo de producir un incendio en palacio. Pensé devolverle el habla al Alii que yacía inmóvil ante mí, pero, conociendo a los kauanitas como los conocía, estaba seguro de que su primera reacción sería dar la alarma. A pesar de su frialdad y astucia, eran tremendamente leales a su Sibama.

      Sólo me quedaba una alternativa. Con una plegaria silenciosa regresé a la escalera y empecé a bajar. Tras un gran número de escalones, me detuve en un rellano desde donde se oía un murmullo de voces. Toqué la pared que tenía ante mí, y descubrí que no era pared sino un tapiz. Con mucho cuidado le hice un agujero con mi daga y espié.

      Se veía la sala del trono desde un lugar situado detrás y a un lado de los dos tronos centrales. El salón estaba desierto, a excepción de un grupito reunido delante del trono. No me molesté en contarlos, pues mis ojos se habían fijado en una de las figuras y mi corazón dio un vuelco que casi me rompe las costillas. La figura central era mi adorada princesa, Awlo de Ulm. Oí una voz que hablaba desde el trono, cuyo ocupante permanecía oculto por el respaldo, si bien reconocí a Kapioma.

      —El trono de la Sibimi de Kau está vacío —dijo con una voz que parecía repetir por centésima vez un razonamiento— y te ofrezco el honor de ocuparlo. Podría poseerte sin esa ceremonia, pero no me conviene. Eres de sangre real y tus hijos serán dignos del trono de Kau, que algún día ocuparán. ¿Tendrás a bien deponer tu actitud beligerante y revestir las galas de la paz, para que pueda casarme honestamente contigo?

      Awlo irguió su orgullosa cabeza.

      —¡Jamás! —gritó—. Courtney Sibama, mi señor, vive y me rescatará. No podría ser tu Sibimi aunque lo deseara, y no lo desearía aunque pudiera.

      —Te aseguro que Courtney ha muerto —protestó Kapioma.

      —No lo creeré hasta que vea su cadáver, y en ese momento mi vida habrá concluido también —repuso con arrogancia—. Cuidado con lo que hagas, Kapioma Sibama; el brazo de mi señor es largo y sabrá cómo vengar cualquier ofensa que yo padezca.

      —¡Basta! —gritó Kapioma, enojado—. ¿Acaso es ofensa proponerte un honroso matrimonio y el rango de Sibimi del imperio más grande del mundo? Si no te casas conmigo por tu voluntad, lo harás por la fuerza. El matrimonio es necesario para que tus hijos puedan tener legalmente acceso al trono de Kau. ¿Dónde está el mayordomo de palacio

      Un funcionario vistosamente vestido se adelantó.

      —Tú nos casarás, Wiki —dijo Kapioma—. Puesto que la he ganado por conquista, me casaré vestido con todas mis armas.

      Al bajar del estrado pude verle. De no ser por la voz, no lo habría reconocido, pues llevaba un traje de combate equipado con cuarenta brazos. Debía pesar bastante, pues se movía despacio, como si le costara esfuerzo. Mientras avanzaba, el mayordomo también se acercó a Awlo, pero luego retrocedió como si hubiera visto una serpiente venenosa. En la mano de ella brillaba un puñal enjoyado.

      —¡Un paso más, y hundiré este puñal en mi corazón! —gritó.

      El mayordomo se detuvo, pero Awlo no podía luchar contra las armas de Kau. Al instante, el traje de Kapioma emitió un fogonazo verde y el puñal cayó de su brazo paralizado. Se volvió para salir corriendo, pero otro fogonazo, esta vez de un verde más claro, llenó el salón durante un segundo y Awlo quedó detenida. La risa gutural de Kapioma resonó mientras caminaba hacia donde ella permanecía inmóvil. Le tomó la mano, la besó y luego la colocó un instante sobre su cabeza. Kapioma alargó su mano, que el mayordomo de Palacio tomó para alzarla hacia los labios de Awlo. Se oyó el estampido de un disparo, y el funcionario se tambaleó, cayendo luego de bruces. Como no estaba muy familiarizado con el traje de combate de Olua, decidí emplear el arma que más conocía. Ya he dicho que soy buen tirador, sobre todo a poca distancia.

      Con un movimiento de la daga rasgué el tapiz y me dejé ver. Había pasado el momento de usar armas corrientes, por lo que dejé caer la pistola y la daga y me llevé ambas manos a los pulsadores de mi traje de combate. Apunté las armas mortalmente ofensivas hacia Kapioma y me dispuse a lanzarle mi selección mortífera de rayos. Los guardias, armados con lanzas, entraban por todas partes.

      —¡Un paso más y vuestro Sibama morirá! —grité.

     

El Sibama me contempló con una expresión de asombro en sus ojos.

      —¡Courtney Sibama! —exclamó.

      Asentí con la cabeza, sin descuidar la vigilancia. Sus manos buscaron lentamente los mandos de su pesado traje de combate.

      —¡No lo hagas! —le aconsejé sin vacilar—. Si intentas emplear un arma, serás hombre muerto.

      Dejó caer la mano y me observó fijamente- Era una situación insostenible. Kapioma no se atrevía a moverse, y yo no podía rescatar a la inmovilizada Awlo para llevármela. Se me ocurrió lanzar uno de mis rayos sobre Kapioma, pero no sabía cuáles serían instantáneamente detenidos por su traje. Además, si estallaba la pelea, Awlo podía resultar alcanzada durante el intercambio de rayos, que llenarían el salón del trono. Estuvimos observándonos como un minuto, y luego Kapioma habló:

      —Courtney Sibama, uno de nosotros no saldrá vivo de aquí. Llevas un traje de combate de un tipo que yo no conozco. Yo tengo el traje más poderoso que existe en Kau. Ignoramos cuál de los dos ganará. Si luchamos, nadie puede pronosticar qué ocurrirá en

este salón.

      Se interrumpió y yo asentí con la cabeza a sus palabras, sin perderle de vista.

      —Ambos deseamos lo mismo: la vida, y la persona de Awlo de Ulm —prosiguió—. Y uno de los dos ganará. Que sea ganada en justa lucha, y que ella pertenezca al vencedor.

      —¿Qué quieres decir? —inquirí.

      —Que traigan una cúpula de lucha y la hagan descender sobre nosotros. Cuando se dé la señal, demostraremos cuál de los trajes de combate es más poderoso. La princesa pertenecerá a quien sobreviva.

      —Si yo ganara, ¿cuento con la garantía de que Awlo y yo podremos salir de Kau con nuestros súbditos sin que nadie trate de impedírnoslo? —pregunté.

      —Te aseguro que yo no podría oponerme. Pero no respondo de nada más. La palabra de un Sibama muerto no compromete a su sucesor. No obstante, si ganas, podrás abrirte paso con los trajes de combate que halles.

      Lo pensé un instante. Si luchaba y perdía, mi princesa estaba perdida. Si vencía, sólo ganaba una oportunidad de combatir para sacarla en mis brazos. En cambio, si rechazaba el desafío ella probablemente sería víctima de la batalla que se produciría en el salón. Tomé rápidamente una decisión.

      —Que traigan tu cúpula de lucha —grité.

      Los guardias se apresuraron. Con las manos aún en los botones de mando del traje, bajé del estrado y me acerqué a Kapioma. Trajeron la cúpula y la colocaron sobre nosotros.

      —Aparta las manos de los controles, Courtney Sibama, para que podamos comenzar en igualdad de condiciones —dijo Kapioma.

      Dejé colgar las manos a los lados del cuerpo. El Sibama se volvió hacia el grupo de espectadores.

      —Noma —llamó a un Alii de los presentes—, coge la lanza de un guardia y déjala caer. La pelea comenzará cuando la lanza toque el suelo.

      El Alii cogió una lanza y la alzó. Se hallaba colocado de tal modo que ambos podíamos verlo bien. Mantuvo un segundo la lanza sobre su cabeza y luego la dejó caer.

      La fracción de segundo que transcurrió hasta que la lanza tocó el suelo me pareció durar días y semanas. Parecía caer con lentitud infinitesimal. Logré lanzar una ojeada a mi alrededor, y la escena quedó grabada en mi cerebro. Kapioma estaba cerca de mí, con una

sonrisa de confianza en el rostro amarillo, y sus ojos negros y oblicuos brillaban con afán de lucha. Los Alii y los guardias de Kau nos rodeaban, con sus rostros amarillos encendidos de excitación. El cuerpo de mi amada princesa se erguía como una flor blanca, rígida e inmóvil por efecto de los rayos que le había lanzado Kapioma. Observé que la lanza estaba a punto de tocar el suelo. Otra mirada a Kapioma me indicó que no se había movido, sino que permanecía con los músculos tensos, esperando la señal. Al menos, era un luchador noble.

      La lanza chocó contra el suelo y mis manos volaron hacia los botones de control del traje. Accioné el botón de mando de las armas defensivas en el momento preciso, pues seis brazos del traje de Kapioma vomitaban rayos rojos y verdes. Fueron inofensivamente absorbidos por el resplandor que me cubría. Retrocedió un paso y accionó con las manos. El ataque de las armas más sencillas había fracasado, y se disponía a emplear armas exclusivamente inventadas para su traje.

      Recordé lo que me había dicho Olua, y desconecté la emisión del rayo protector general. Accioné apresuradamente los botones cinco, dieciséis y diecisiete. Un sorprendente caleidoscopio de colores me rodeó y oí una explosión procedente del traje de Kapioma. Su rayo paralizador y el térmico, que eran del tipo corriente, habían

quedado inutilizados.

      Su mano encontró los botones que deseaba y me vi de nuevo en peligro. Disparó una nube de gas púrpura que avanzaba rápidamente hacia mí. Sabía qué defensa utilizar contra ello, y accioné el botón once. La nube de gas fue rápidamente absorbida por un brazo de mi

traje. Apreté el doce y una nube de vapor amarillo rodó hacia él. Mientras sus manos buscaban las armas defensivas, accioné el nueve y el gas se convirtió en un fogonazo cegador que le dio de lleno en el pecho, obligándolo a retroceder por la violencia del golpe. Aproveché esta ventaja disparando el rayo violeta, pero él ya se había repuesto de la momentánea sorpresa y lanzó una espiral de llamas rojas que giró delante de él e inutilizó el rayo púrpura.

      De otro brazo salían fogonazos alternativos de color rojo y blanco. Accioné un arma defensiva, pero no sirvió de nada. El rayo mortífero se abría camino a través de mis pantallas protectoras. Me sentí como si tuviera las venas llenas de fuego líquido. Apreté frenéticamente botón tras botón. Nubes de gases mortíferos y vividos rayos de distintas especies surgieron de los brazos de mi traje, pero Kapioma detuvo cada ataque con un arma adecuada y dio al traste con mis esfuerzos. Y aquel mortífero rojo y blanco seguía perforando mi pantalla. Faltaban pocos segundos para el desenlace.

      Desesperado, empleé la última arma. Olua me había advertido que no la empleara salvo como último recurso. Con un sollozo, apreté el botón número treinta. Al hacerlo, un fogonazo cegador surgió de un brazo de mi traje, golpeó a Kapioma y se enroscó a su alrededor. Luchó paso a paso con el extraño poder, pero se vio inexorablemente arrastrado hacia mí. El rayo rojo y el blanco aún resplandecían, y yo sentía mi cuerpo seco y abrasado, pero no podía pensar en ello. Un instante más y él quedaría a mi alcance.

      A pesar de sus forcejeos, se acercó hasta que pude alcanzarlo con las manos. Comprendí por qué Olua me había prevenido contra el uso de este arma; mis fuerzas se disipaban rápidamente. Hacía pagar un precio tremendo al que la usaba. Kapioma quiso acudir a otros botones, pero no pudo hacerlo. El brazo treinta de Olua era nada menos que un acumulador eléctrico de la voluntad de su dueño; mientras Kapioma fuese su presa, yo era dueño de su voluntad. Cuando comprendí la naturaleza de la fuerza extraña que estaba

utilizando, pensé en lo que deseaba que él hiciera. Su mano buscó los mandos con desesperada resistencia. Apretó uno y el mortífero rayo rojo y blanco que consumía mi propio cerebro se extinguió. De momento estaba a salvo.

      Puse toda la fuerza de mi voluntad en la lucha, y aquélla fue centuplicada por el instrumento debido al genio de Olua. Kapioma accionó un botón tras otro hasta que ningún rayo ni gas letal salió de su traje. Casi con un último esfuerzo, apreté un botón y lo bañé con el rayo verde paralizante normal, del que iban dotados hasta los trajes de combate más elementales. Se tambaleó un momento y luego cayó al suelo. Desconecté la terrible arma que me había servido para reducirlo, y me tambaleé, extenuado.

      Creí que iba a caer, pero no fue así. Mis ojos vieron a Awlo, y esto me hizo reaccionar como si me hubieran arrojado a la cara un cubo de agua fría. Me rehice y me volví hacia los espectadores.

      —¡Quitad la cúpula de lucha! —grité—. ¡Abrid paso a Courtney, Sibama de Ulm!

      Obedecieron en seguida. Mientras me acercaba a Awlo, hubo un tumulto en la puerta. Levanté la mirada. Mis ojos jamás habían visto nada más agradable. En la puerta se hallaba Moka, y le seguían, en formación, seis ulmitas armados de rifles. Otros cuatro llevaban

trajes de seis brazos.

      —¡Paso! —grité con energía—. ¡Abrid paso a los hombres de Ulm! ¡Paso antes de que me abra camino sobre vuestros cuerpos vivos!

      A estas palabras hubo una fuga precipitada, y el espacio entre Moka y yo se despejó. Ya se acercaban mis leales ulmitas. A una orden mía, dos de ellos cedieron sus rifles a los compañeros y tomaron con precaución el cuerpo de mi amada princesa. Pasamos junto a las hileras de ceñudos kauanitas hasta la puerta del palacio, que se abrió ante nosotros. Los guardias avanzaron con largos tubos negros en la mano para cerramos el paso. Apenas dudé un instante. Los pobres no llevaban trajes de combate y era casi un asesinato, pero no era cuestión de vacilar. Apreté el botón catorce y se disparó ante mí un fogonazo de llama violeta. Los guardias cayeron como bolos y sus tubos negros estallaron entre brillantes relámpagos de luz. Cuando salimos, el silbido de una bala de rifle nos indicó que la partida

de Hama había dejado la azotea y combatía en la central eléctrica. Corrimos por el jardín hacia el edificio, sin deshacer la formación.

      Habíamos recorrido la mitad de la distancia cuando el enemigo salió a nuestro encuentro. Oí un grito a mi espalda y me volví. De un grupo de árboles salían varios individuos con trajes de combate. Estábamos un poco más cerca de la central eléctrica que ellos, pero teníamos que acarrear los rifles y llevábamos a Awlo con nosotros. El encuentro iba a producirse en la puerta. Tomé una rápida decisión. Ordené a Moka que continuase rápidamente hacia la puerta, di media vuelta y me apresuré a contenerlos.

      Mientras me acercaba, los recién llegados se detuvieron e hicieron funcionar sus trajes. Ninguno de ellos tenía más de diez brazos, por lo que me rodeé de un escudo protector y arremetí contra ellos. Intentaron correr, pero era demasiado tarde. El catorce volvió a entrar

en juego y cayeron. Miré por encima del hombro y vi que el grupo de Moka había llegado a la puerta.

      Me uní a ellos corriendo y Hama cerró la puerta. Estaba seguro de que el edificio tendría algún tipo de rayos defensivos, pero no podía perder el tiempo buscándolos. Hama me comunicó que no había kauanitas en la central eléctrica, salvo un cuarto donde se había hecho fuerte un pequeño grupo. Pronto saldrían equipados con trajes, y en seguida otros defensores del palacio emplearían armas más potentes contra nosotros. Con Hama y Moka corrí hacia la sala central de máquinas. Llegué en el momento justo.

      Tenía la mano sobre el interruptor que controlaba la electricidad de los trajes de combate, cuando se abrió la puerta y entraron doce figuras provistas de trajes de muchos brazos. Dejé que se acercaran y, en el instante en que bajaban las manos hacia los botones de control, desconecté. Todos los trajes de combate y todas las armas de guerra del imperio de Kau quedaron inutilizadas. En seguida desconecté las otras cuatro palancas de mando, y todas las instalaciones eléctricas del imperio quedaron paralizadas. Nuestro enemigo había

agotado sus recursos y el combate, si así puede llamarse, iba a reñirse cuerpo a cuerpo, como las antiguas batallas con los menas. La única electricidad que quedaba en el imperio provenía de un minúsculo generador de emergencia que alimentaba las luces de la central eléctrica. Como descubrimos al día siguiente, la desconexión de la energía se había cumplido en el momento justo. Dos enormes naves de guerra kauanitas se estrellaron a menos de cien metros del edificio. Si yo hubiera actuado un poco más tarde, habrían aterrizado en la azotea y habríamos quedado copados.

      Dejé a Awlo en el laboratorio y me apresuré a preparar nuestra defensa. Aunque muy disminuidos por la pérdida de la electricidad, los kauanitas no estaban del todo indefensos. Eran muchísimos, y aún tenían bastantes tubos negros como los que había visto en manos de los guardias de palacio. Para funcionar, estos tubos no dependían de la central pero, una vez disparados, no podían recargarse si los generadores no funcionaban. Lanzaban una carga de electricidad estática, y eran mortales a pequeña distancia.

      Armados con los tubos y las lanzas, los kauanitas atacaron decididamente nuestro refugio. Pero estaban condenados al fracaso desde el principio. Los disparos de los tubos no eran peligrosos a más de cincuenta metros. Hicimos estragos entre los atacantes con nuestros mortales disparos de rifle. Al cabo de pocos minutos el combate amainó y pude regresar al laboratorio.

      Awlo yacía sobre una mesa, fría y rígida. La respiración faltaba por completo y no logré detectar el menor latido del pulso. Si no hubiera visto lo ocurrido, la habría declarado muerta. No ignoraba que Kapioma jamás habría luchado por la posesión de un cadáver. Debía existir algún método para reanimarla y yo iba a encontrarlo. Le ordené a Moka que conectase el generador correspondiente al traje de lucha que yo usaba. Lo hizo, y bañé a Awlo con el rayo naranja antiparálisis. No produjo ningún efecto. Durante una hora ensayé

sin éxito varios rayos y combinaciones. No me atrevía a emplear todos los recursos del traje de Olua, pues no conocía bien sus propiedades y fácilmente podía hacer más daño.

      Mientras observaba su cuerpo postrado, me alarmó un estrépito en la puerta principal de la central. Bajé a ver qué pasaba, pero un mensajero enviado por Hama salió a mi encuentro.

      —¡Un kauanita...! —jadeó el hombre—. ¡Un kauanita armado con un traje de combate ha forzado la puerta y ha matado a doce de nuestros hombres!

      Comprendí que al conectar el motor que hacía funcionar mi traje de lucha, también había suministrado electricidad al de Kapioma, que funcionaba con la misma longitud de onda. Corrí a la sala y lo desconecté. Los disparos de rifle procedentes de abajo me indicaron que mis hombres estaban ocupados. Corrí escaleras abajo para tomar el mando, pero ya no me necesitaban. Al paralizar el traje de combate, nuestros rifles entraron en acción y liquidaron rápidamente a los kauanitas que habían seguido al audaz invasor.

      Una hora después, la puerta quedó separada y nosotros en posición de desafiar a los ejércitos de Kau. Supe con pesar que los kauanitas derrotados se habían llevado el cadáver de aquél y con él, naturalmente, el traje de combate. Si éste hubiera caído en nuestro poder, dos de mis hombres habrían bastado para salir de Kaulani sin hallar oposición. Ahora no podía conectar ninguno de los generadores, pues ello armaría a nuestros enemigos. Ignoraba cómo salvar a Awlo, así que la falta de electricidad no me importaba demasiado.

      En realidad, nuestra situación era desesperada en muchos sentidos. Cierto que estábamos relativamente a salvo en la central eléctrica, pero no podíamos salir. Teníamos a nuestro servicio una nave para cien hombres pero, si conectábamos la electricidad para propulsarla, también movilizaríamos todas las naves de guerra de Kau. Teníamos muchísimos trajes de combate poderosos, pero en manos de algunos Alii de Kau había otros más poderosos, y poner en funcionamiento nuestros trajes significaba hacerlo con los de ellos. Bien mirado, la toma de la central eléctrica me ponía en la situación clásica del hombre que ha atrapado a un oso por la cola; necesitaba mucha suerte para resistir, y aún más para salvarme.

      Regresé al laboratorio y contemplé la figura inmóvil de Awlo. Pero no se me ocurrió nada y me tendí a descansar unos minutos, confiando en que el tiempo resolvería el problema. Al menos, estaba seguro de poder defender la central eléctrica indefinidamente. Al pensar esto subestimaba los recursos y el ingenio de los Alii de Kau. según descubrí a la mañana siguiente.

      Durante toda la noche se oyeron ruidos de hombres trabajando y se vieron débiles luces que erraban por el jardín. De vez en cuando les disparábamos, pero como no sobraban municiones ordené a mis hombres que ahorrasen cartuchos. Cuando amaneció, vimos en el

jardín, entre el palacio y la central eléctrica, una gigantesca máquina metálica. Mientras mirábamos, ésta avanzó poco a poco hacia la central eléctrica. Yo había olvidado que los Alii e incluso los soldados y plebeyos de Kau, conocían la electricidad bajo todas sus formas. Se les había ocurrido algo evidente. Puesto que la fuente normal de electricidad quedaba excluida, habían reunido o construido pilas. Aquel tanque, pues eso parecía, funcionaba con corriente continua. De la mole móvil de metal partían gruesos cables hacia el palacio.

      Cogí un rifle y disparé contra un cable, ordenando a mis mejores tiradores que hicieran lo mismo. Sin embargo, la máquina siguió avanzando hasta pocos metros del edificio. Por un costado disparó una especie de rayo; la puerta de la central eléctrica volvió a astillarse y saltó de sus goznes. La máquina avanzó un poco más, y se detuvo. No volvió a disparar. Evidentemente, había quedado inutilizada. Algún disparo bien colocado había interrumpido su conexión con la fuente de energía. De momento estábamos salvados.

      Como no parecía inminente un nuevo ataque, dejé a Moka la defensa y regresé al laboratorio. Se me había ocurrido que la corriente continua podía producir algún efecto sobre Awlo.

      Un ruido familiar resonó en mis oídos cuando entré en el laboratorio. Me detuve y miré a mi alrededor, pero no pude localizar su origen. Era un tecleo intermitente. Mientras escuchaba, empezó a formar letras y palabras en mi cerebro: «—.—. ——— ...— .—.

... .. _... _ _—._», «COURTNEY, COURTNEY SIBAMA». Sólo una persona en aquel mundo podía llamarme por radio dándome ese título. Me precipité hacia el aparato de radio, que estaba olvidado sobre la mesa del laboratorio desde la muerte de Waimua. Cuando

me calé los auriculares recibí el mensaje perfectamente. Me costó muy pocos segundos conectar el transmisor y disponerme a responder. Afortunadamente, tanto el emisor como el receptor recibían su alimentación del generador de emergencia que servía para iluminar la central eléctrica. Tecleé rápidamente.

      —Olua —llamé—. Olua, ¿puedes oírme?

      —Sí, Courtney Sibama —fue la respuesta.

      —¿Dónde estás? —pregunté.

      —En la misma cueva donde nos separamos. Las armas han desaparecido. ¿Viniste a llevártelas, o fueron los kauanitas?

      —Las tengo aquí.

      —¿Dónde es aquí?

      —En la central eléctrica de Kaulani. Ahora mismo te explicaré la situación.

      —De acuerdo, pero transmite un poco más despacio.

      Con la mayor concisión le describí lo ocurrido y la situación en que nos encontrábamos. Le hablé de la imposibilidad de salir, y de que no nos atrevíamos a poner en marcha la emisión de electricidad. Por último le conté que nos habían atacado con dispositivos que

funcionaban a pilas.

      —¿Cuánto tiempo puedes resistir? —preguntó.

      Mientras recibía el mensaje, un estrépito procedente de abajo y una descarga de rifles me hizo saber que se habían reanudado las hostilidades; se lo comuniqué a Olua.

      —Los aparatos a pilas no harán mucho daño —respondió—. Si puedes resistir unas horas, me reuniré contigo y te ayudaré.

      —¿Cómo conseguirás llegar aquí, si no hay fuente de energía? —inquirí.

      —Llegaré —afirmó—. Espérame dentro de tres horas, o quizá menos.

      —Espera —agregué—. Quiero que me orientes.

      Le describí sucintamente el estado en que se hallaba Awlo.

      —¿Recibió un rayo verde claro con manchas amarillas? —preguntó.

      —Sí.

      —Utiliza durante dos segundos el botón veintiocho de mi traje. Adiós. Pronto me reuniré contigo.

      Sin pensar en el riesgo que corría, me apresuré a entrar en la sala de máquinas y accioné el interruptor que alimentaba el traje de combate de Olua. Regresé al laboratorio, me puse la prenda y apreté el botón veintiocho con manos temblorosas. Durante dos segundos no ocurrió nada, y luego Awlo se incorporó. Lancé un grito de alegría, solté el botón y me acerqué a ella. Ella gritó espantada y quiso echar a correr. Me detuve, sin saber qué pensar de semejante acogida, hasta que recordé que tenía puesto el traje de combate. Me había confundido con un kauanita.

      —¡Awlo! —grité mientras me quitaba el casco—. ¡Soy Courtney, tu Courtney! ¿No me reconoces?

      Me miró azorada y luego, con un sollozo de profunda gratitud, se arrojó en mis brazos. Mientras la abrazaba hubo una interrupción.

      Moka entró en la sala, espantado.

      —¡Sibama! —gritó—. Ven pronto, o estamos perdidos. Los kauanitas van a romper nuestra defensa.

      Estaba tan excitado, que no se fijó en Awlo. Cuando me separé de ella. Moka abrió la boca y cayó de rodillas.

      —¡Sibimi! —exclamó, y la reverencia que había en su voz me hizo comprender una vez más el profundo afecto que aquellos hombres minúsculos sentían hacia sus soberanos. No le dejé pronunciar su discurso.

      —¡En marcha, Moka! —grité mientras volvía a colocarme el casco—. Hemos de ayudar a nuestros hombres.

      Fui el primero en llegar a la puerta. Varios kauanitas, provistos de trajes de combate conectados a largos cables que se prolongaban hasta el palacio, habían cruzado el jardín y se abrían paso a través de la puerta destruida. Las balas eran inservibles y mis hombres

caían a docenas bajo los tremendos rayos de los trajes. Sin embargo, aquellos débiles trajes de combate no podían oponerse al que yo llevaba, y tres minutos después de mi llegada no quedaba un kauanita con vida en la central eléctrica. Mi rayo violeta dio buena cuenta de ellos. Cuando el último cayó, un individuo que llevaba el traje de cuarenta brazos de Kapioma salió del palacio y avanzó poco a poco por el jardín. Antes de que llegase demasiado cerca e hiciera daño, corté la corriente eléctrica, y cayó de un disparo bien colocado por el rifle de Hama. El peligro había pasado, contemplé a mis hombres. Los trajes improvisados no tenían potencia suficiente para matar, o no iban dotados de rayo mortal. Mis seguidores estaban meramente aturdidos; algunos minutos de cuidados les permitieron recobrar fácilmente el conocimiento, dejándolos como nuevos.

      Cedí el mando a Moka y regresé apresuradamente al laboratorio. Al entrar, Awlo volvió a echarse en mis brazos. La abracé fervientemente y luego accioné el pulsador del aparato de radio. No recibí señal de respuesta. Por último desistí y me dediqué a Awlo. Muy pronto supe toda su historia.

      Mi máquina debió moverse un poco cuando Lamu la raptó y huyó con ella, pues aterrizaron en Kau, cerca de Kaulani. Lamu quiso obligarla a obedecer y amenazó con matarla si no corroboraba la historia de mi traición. Cuando escuché esto, apreté los dientes y deseé haber matado a Lamu más lenta y dolorosamente.

      Trataron de alcanzar Ulm, pero fueron descubiertos y hechos prisioneros, trasladándoseles a Halekala, una de las ciudades de Kau situada a varios centenares de kilómetros de la capital. Allí permanecieron prisioneros varios meses. Al fin se supo en Kaulani su presencia y Kapioma los reclamó. En seguida hizo prisionero a Lamu y lo encerró con los supervivientes de Ulm que, mientras tanto, habían sido capturados y trasladados a la ciudad. Al principio Awlo recibió todas las consideraciones debidas a una invitada, pero, durante los últimos meses, el soberano se empeñó en que ella diera su consentimiento para ser su esposa. Su última tentativa fue la que yo interrumpí en la sala del trono.

      Siempre se negó a darle esperanza alguna pues, como me aseguró, jamás creyó que yo estuviera muerto, sino que confió en que yo regresaría para rescatarla. Ignoraba mi presencia en Kaulani hasta que aparecí en la sala del trono.

 

      Una hora después, los kauanitas atacaron en serio. Equipados con los improvisados trajes de corriente continua, se acercaron en gran número y repararon el cable roto de su máquina bélica. Bajé con mi traje de combate para derrotarlos, pero no me atreví a conectar

la electricidad. Uno de ellos llevaba el traje de Kapioma, y todo intento de poner en marcha el mío activaría el suyo. Se cubría detrás de sus propios hombres, y quedaba fuera del alcance de nuestros rifles.

      La enorme máquina parecida a un tanque avanzó lentamente. Hicimos descargas de rifle y pistola, pero no sirvió de nada. Como héroes que eran, los ulmitas leales se enfrentaron a ella y quisieron detenerla con sus cuerpos, cayendo bajo los rayos mortíferos que disparaba. Había perdido la mitad de mis efectivos, y el tanque se acercaba lenta pero inexorablemente a la puerta abierta. A intervalos, fogonazos cegadores de luz blanca destruían todo cuanto se interponía en su camino, hombres, troncos o piedras. Siguió avanzando pese a todos nuestros esfuerzos. Estaba a punto de ordenar que conectasen la electricidad y realizar un último intento desesperado para detener el tanque con el traje de Olua, aunque tuviera que vérmelas con otro equivalente, cuando un ruido extraño hizo que los combatientes se inmovilizaran unos momentos. En el súbito silencio, oí un sonido que jamás pensé escuchar allí: el de los motores de un aeroplano. Los kauanitas alzaron la vista y lanzaron gritos de sorpresa. Muchos corrieron hacia los hangares donde guardaban sus

naves.

      El ruido se hizo cada vez más intenso, y sobre los jardines de palacio apareció la conocida silueta de un trimotor Fokker. Lancé un grito de alegría cuando lo vi, y otro de júbilo cuando comprendí quién era el piloto. Adiviné qué se proponía Olua, y ordené a mis

hombres que se cubrieran.

      El Fokker hizo una pasada sobre los jardines y luego maniobró y volvió a pasar por segunda vez. Mientras volaba a pocos metros sobre nuestras cabezas, soltaron algo desde la cabina. Era un objeto largo y negro, que cayó directamente sobre la máquina kauanita. Hubo un estrépito ensordecedor y un hongo de humo. Los pedazos de la máquina volaron en todas direcciones. Los kauanitas que no habían caído huyeron lanzando gritos de terror.

      El Fokker volvió a maniobrar y pasó por encima del palacio. Otro cilindro negro abrió un inmenso boquete en una esquina de la majestuosa residencia de Kapioma. Considerando suficiente, por lo visto, la destrucción producida, el piloto planeó con el motor en punto

muerto. Subí corriendo a la azotea para reunirme con él. El Fokker descendió y efectuó un aterrizaje perfecto, aunque se habría caído de la azotea si algunos de mis hombres no hubieran estado allí para ayudar en la maniobra. Olua bajó y se arrodilló a mis pies, quitándose las gafas de aviador.

      —Llegas a tiempo, Olua Alii —dije mientras lo ayudaba a ponerse en pie—. Temí que la máquina hubiera cambiado de lugar y te resultara imposible hallar el camino de regreso.

      —No tuve ningún problema, Courtney Sibama —respondió—. En cierto modo, me he excedido de tus órdenes, pues estaba seguro de que aprobarías lo que hice. Fui al plano superior sin problemas, y no me costó aprender a pilotar tu nave, pero me fue muy difícil conseguir los explosivos que pediste. No lograba hacerme entender y, cuando me comprendieron, no quisieron darme lo que pedía, aunque les ofrecí el metal que me aconsejaste. Por suerte, en ese lugar que llaman Beatty encontré a alguien que te conocía, y esa persona los consiguió. He regresado tan pronto como me ha sido posible.

      —Y muy a tiempo —repetí—. Eres más que bien venido. Mis recursos estaban agotándose pero, con tus conocimientos de la técnica militar kauanita, la batalla estará más igualada.

      Olua quiso conocer detalles de la lucha, y se mostró sorprendido ante la resistencia tenaz que habíamos presentado. Como miembro del Tribunal de los Señores, solicitó una entrevista a solas con Moka y Hama, favor al que accedí rápidamente. Una hora después, los tres entraban en el laboratorio donde yo estaba conversando con Awlo, y solicitaron permiso para hablar.

      —Hablad —dije, sorprendido por la gravedad de sus rostros.

      Moka empezó.

      —La ley de Ulm prescribe que, cuando un grave peligro amenaza a las personas del Sibama o la Sibimi, el Tribunal de los Señores puede imponerles el cumplimiento de ciertas medidas de seguridad. ¿No es así, mi señor?

      —Así es —repliqué.

      —Mi señor, ahora os amenaza un grave peligro a ti y a Awlo Sibimi. El Tribunal de los Señores te ordena que tomes la nave voladora en la que llegó Olua Alii, y conduzcas a la Sibimi a un sitio seguro.

      —No pienso hacer nada de eso —respondí, tajante.

      —Debes hacerlo, Courtney Sibama —insistió Moka—. Todos hemos arriesgado nuestras vidas y Olua Alii ha regresado de un lugar seguro a otro peligroso con tal de salvar a nuestros soberanos. Si te opones, el sacrificio de quienes ya han muerto por ti podría ser

inútil. Durante incontables generaciones, mis antepasados han servido a la familia real de Ulm, y es justo y digno que hasta el último miembro de mi familia muera para que la familia real de Ulm siga viviendo. Además, empiezan a escasear las municiones.      

      Aquella era una noticia grave. Hice preguntas y descubrí que teníamos menos de sesenta cartuchos de rifle por hombre, y que otro ataque frontal podía ser decisivo. Olua esgrimió otro argumento.

      —No conoces el poder de Kau —afirmó—. Hasta ahora han intentado vencerte rápidamente, pero creo que de ahora en adelante tratarán de hacerlo por agotamiento. Sólo es cuestión de tiempo el construir otra central eléctrica o, al menos, un generador de potencia suficiente para alimentar sus trajes de combate. Cuando lo consigan, la batalla habrá terminado. Yo puedo fabricar trajes para nuestros hombres, pero de todos modos nos superan por el número. No, Courtney Sibama, Moka tiene razón. Tú y nuestra Sibimi debéis volar hacia la seguridad. Por esa razón he traído tu nave.

      Animado por estas palabras. Moka volvió a la carga.

      —Ame aún no ha caído en manos de los menas —dijo—. Allí encontrarías refugio tú y la Sibimi, y podréis reconstruir el imperio de Ulm. Aquí somos pocos y no valemos nada, pero las esperanzas de un pueblo poderoso dependen de ti. Hasta es posible que cuando los menas sean derrotados puedas organizar una partida de rescate que venga a por nosotros.

      —¡Espera! —grité. Me había dado una idea. Había olvidado las posibilidades de mi máquina de vibración electrónica. Si lograba llegar hasta ella, podría aumentar mi Fokker hasta un tamaño suficiente para transportar la población completa de Ulm, Ame y Kaulani. Cuando comprendí las posibilidades del plan, lancé un grito de alegría.

      —Nos vamos. Nos vamos, pero volveremos y todos seréis evacuados a Ame.

      Expliqué mi plan en pocas palabras y Moka, Hama y Olua se mostraron entusiasmados. Creo que ninguno de los tres creía que fuese posible, pero el hecho de que Awlo y yo estuviéramos a salvo importaba más a sus mentes leales. Pocos minutos después, subimos a la azotea y revisé el Fokker antes de despegar. Luego, Awlo y yo nos despedimos de nuestros súbditos. Conocían nuestro plan; aquellos valientes hombres presentaron las culatas de las armas para que yo las tocara y se postraron a los pies de Awlo. Dimos a cada

uno un cálido apretón de manos y luego, en presencia de los tres Alii, regresamos a la azotea para emprender el viaje. En el último minuto le propuse a Olua que me acompañara para ayudarme con la máquina, pero desechó mi propuesta arguyendo que sus conocimientos eran imprescindibles para rechazar el próximo ataque. Moka se dejó caer sobre una rodilla, con los azules ojos inundados por las lágrimas.

      —Adiós, mi señor; adiós, mi señora —murmuró—. El mejor modo de acabar es morir valientemente por aquellos a quienes amamos.

      —¡Nada de morir! —exclamé—. Regresaré dentro de cinco horas como máximo, y seréis evacuados a Ame, donde estaremos a salvo.

      ––Si así está escrito —replicó—; si no, recordad siempre, amigos míos, que Ulm fue leal hasta el fin.

      Awlo sollozaba desconsoladamente y las lágrimas comenzaban a inundar también mis ojos. Con un gesto brusco, hice que mi princesa subiera al avión y me puse a los mandos. Olua hizo girar la hélice, y el aparato se elevó, volando a máxima velocidad rumbo oeste,

hacia las montañas de Kau.

      Dos horas después sobrevolábamos las montañas buscando mi máquina. Finalmente la vi, e inicié la maniobra de aterrizaje. Nos hallábamos a cien metros del suelo, cuando de pronto el sol se oscureció y una terrible ráfaga de viento sacudió el avión. Intenté enderezarlo, pero estábamos demasiado cerca del suelo y nos estrellamos a oscuras. Logré ponerme en pie a duras penas, descubriendo que la caída no había hecho más que zarandeamos.

      Cuando salimos de entre los restos del aparato, el viento estuvo a punto de derribamos, mientras oíamos un estruendo que hacía temblar la tierra. El sol seguía eclipsado, y cuando levanté la mirada vi algo extraordinario. Por el aire volaban rocas como montañas; algunas parecían de varios kilómetros de diámetro. Volaban hacia el este y comprendí que algunas caerían sobre Kaulani o cerca de ella.

      —¡Los kahumas! ¡Los gigantes! —gritó Awlo.

      —No son los kahumas —respondí—. No sé lo que ocurre, pero no es brujería.

      Mientras hablaba, hubo otra ráfaga de viento y la oscuridad se hizo aún más densa. Las peñas seguían volando por el aire. Un pedrusco que debía pesar un millón de toneladas cayó a menos de tres kilómetros de nosotros.

      —¡Rápido, Awlo! —jadeé—. ¡Ven conmigo!

      La tomé de la mano y corrimos hacia la máquina. Nuestra única defensa contra las masas de roca consistía en aumentar de tamaño hasta que resultaran pequeñas comparadas con nuestra estatura. Entramos en la máquina y puse el mando de velocidad al máximo, conectando al mismo tiempo el paro automático que había incluido en el nuevo modelo, y que detendría nuestro crecimiento cuando yo alcanzase mi estatura normal de un metro ochenta. Mi mano se precipitó hacia la palanca cuando otra masa rocosa voló por el aire y cayó al oeste de donde estábamos. Un fragmento golpeó la montaña más cercana y provocó un alud. Al alzar la mirada vi miles de toneladas de rocas cayendo sobre nosotros. Awlo lanzó un grito de desesperación y temor. Pero antes de que nos alcanzaran, mi mano se cerró sobre la palanca, y la bajé con todas mis fuerzas.

      Salí de la máquina y me enfrenté, apretando los puños, con un viejo y canoso explorador que había caído al suelo, empujado por nuestro aparato cuando éste recobró casi instantáneamente su tamaño original.

      —¿Quién le ha dado permiso para hacer excavaciones y matar a mis amigos? —pregunté, indignado. —Esto es propiedad privada.

      —El mapa no lo dice —respondió poniéndose en pie—. Es, un solar sin dueño, y tengo derecho a explorar donde se me antoje. ¿De dónde demonios ha salido usted?

      Sin molestarme en contestar, aparté rápidamente la máquina a un lado. Debajo de donde había estado se veía la tierra removida por aquel estúpido, y que el peso de mi aparato había apisonado. Ulm, Ame, Kau: todo había desaparecido; todo enterrado bajo lo que allí representaban kilómetros y kilómetros cúbicos de roca.

      —¿De dónde ha salido? —repitió el explorador mientras se sacudía los pantalones—. ¡Hace un minuto no estaba aquí!

      —Vengo de una tierra mejor que cualquiera de las que haya conocido usted en su vida —respondí, ceñudo—. Déjeme la pala un momento.

      Tomé la herramienta, reduje la velocidad y accioné el mando reductor de la máquina, contemplándola con tristeza mientras se encogía y desaparecía de nuestra vista. Cuando se desvaneció, me volví hacia Awlo, sin hacer caso del anciano explorador, que lo había presenciado todo con la boca abierta y los ojos redondos como platos.

      —Adiós, Awlo, Sibimi de Ulm —dije solemnemente—. Querida, has perdido para siempre tu título real, pero has ganado otro igualmente honroso, aunque menos exclusivo.

      —¿Qué quieres decir, Courtney? —preguntó.

      —Quiero decir que por designio de Dios y acción de este ignorante, Su instrumento, el Imperio de Ulm ha dejado de existir. Has dejado de ser Awlo, Sibimi de Ulm, y de ahora en adelante tendrás que contentarte con ser la señora de Courtney Edward, ciudadana de

los Estados Unidos de América.

 

Fin

 

 

Anotación de Isaac Asimov respecto al relato:

 

      Cuando releí Submicroscópico y Awlo de Ulm me molestaron mucho los rasgos de racismo que contenía. Se me ocurrió que debía intentar corregirlos pero, ya sabéis, eso no puedo hacerlo. Si empezase a meter mano a los textos, ¿dónde me detendría?

      La cuestión es que los prejuicios raciales, desfavorables para todo aquel que no sea un blanco oriundo de la Europa noroccidental, estaban totalmente arraigados, y desde luego casi nadie reparaba en ellos en aquellas fechas, hace tan sólo cuarenta años (a excepción,

seguramente, de quienes pertenecieran a los grupos discriminados por tales prejuicios).

      Estoy seguro de que los lectores de aquella época no se fijaban en el detalle de que el valiente y caballeroso pueblo de Ulm fuese rubio y blanco, lo mismo que el héroe. (Ese héroe que es tan rico y atlético, es la clase de cazador que sería capaz de matar hormigas por deporte y que mata a un inofensivo ciervo tan pronto como lo ve, aunque no tiene hambre ni intención de comérselo.) Naturalmente, el único miembro del pueblo de Ulm que aparece como traidor es de piel cetrina.

      Los principales malvados de Submicroscópico son los menas, de piel negra, brutales, desagradables y caníbales. En Awlo de Ulm los malvados están representados por los hombres de Kau, que son inteligentes y científicamente adelantados, pero de color amarillo y muy, muy crueles. Este arquetipo del negro salvaje (presentado prácticamente en todos los relatos de aventuras que hablan de otros confines del mundo, de Robinson Crusoe en adelante) y del cruel oriental (recordad Fu Manchú y Ming the Merciless) fue inculcado en las cabezas de los jóvenes hasta convertirse en una noción firme.

      Por cierto, cuando mi amigo el narrador de 1928 me relataba sus cuentos, el grupo de personajes que inventaba incluía un negro y un oriental, asignando a cada uno una completa y ofensiva serie de características raciales estereotipadas. Ni él ni yo sabíamos que estábamos en un error.

      Es positivo que nos hayamos corregido al cabo de cuarenta años, si bien esto, a mi parecer, obedece a que los excesos de Hitler hicieron del racismo algo insoportable para todo ser humano, y no tanto a nuestra propia virtud. Es indiscutible que aún nos queda mucho que mejorar.

      Estos cuentos también tienen ingenuidades de tipo melodramático, habituales en los relatos de aventuras de la época. Hay amor a primera vista, y una princesa que toma como esposo a un aventurero desconocido y que amenaza: «¡Un paso más y hundiré este puñal en mi corazón!» (esa frase he tenido que leerla dos veces para convencerme de que estaba en el texto).

      También aparecen ingenuidades científicas, como suponer que disminuyendo el movimiento atómico y subatómico se reduce el tamaño (en realidad, lo que se hace es enfriar el objeto), o que la masa aumenta y disminuye automáticamente con el tamaño, o que los seres vivientes del mundo submicroscópico serían de la misma especie que nosotros y hablarían cierto dialecto del hawaiano (que el héroe, por feliz coincidencia, comprende).

      Pero no importa. La acción discurre rápida y violenta; el héroe es perfectamente heroico, la heroína perfectamente hermosa, y los distintos malvados perfectamente despreciables. Todo respira una atmósfera de caballerosidad medieval, y en aquella época yo no pedía más.

      Submicroscópico y Awlo de Ulm no influyeron directamente en mi producción literaria. No va conmigo el tipo de narración donde la virtud triunfa sencillamente porque tiene músculos más fuertes, puños más rápidos y mejores armas.

      Sin embargo, dos aspectos perduraron. Uno fue la seductora visión de un mundo encerrado en una mota de polvo (tema tratado con muy superior fuerza en El hombre que disminuyó, incluido en el tomo II de esta antología). La idea es antigua, pero pareció recibir

confirmación científica en 1910, cuando se intentó representar el átomo como un sistema solar ultramicroscópico.

      La ciencia abandonó pronto esta representación por ser demasiado simplista, pero los escritores de ciencia-ficción se aferraron a la idea. Yo no la he empleado nunca, pues cuando me hice escritor ya tenía demasiada base en ciencias físicas como para manejar ese

tema con alguna convicción.

      Sin embargo, en 1965 recibí el encargo de novelar una película ya filmada, y me hallé enfrentado a una idea análoga. La película fue Fantastic Voyage, que trataba de la miniaturización de unos seres humanos al tamaño de bacterias, y de sus aventuras en el torrente sanguíneo humano. No se trataba de un planteamiento que yo hubiera elegido espontáneamente, pero, como la cosa venía dada así, el vago recuerdo de Submicroscópico contribuyó a persuadirme para que aceptase el encargo.

      El otro aspecto de los cuentos que me impresionó mucho fue el duelo con los rayos en Awlo de Ulm. El lanzarrayos como arma ha sido un elemento fundamental de la ciencia-ficción (y, en cierto modo, se ha hecho realidad con el láser). Éste y la pistola desintegradora eran las principales armas cortas del futuro. Sin embargo, nadie se atrevió a ir tan lejos como Meek en Awlo de Ulm.

      De hecho, creo que nunca he utilizado pistolas de rayos en mis narraciones, aunque el «látigo neurónico» de mi libro Pebble in the Sky es un evidente recuerdo de las armas descritas en Awlo de Ulm.

 

      Poco después de Awlo de Ulm leí Tetraedros del espacio, publicado en «Wonder Stories» en noviembre de 1931, y me produjo casi tanta impresión como aquél. De todos modos, fue un número importante para mí, pues, después de doce meses de ensayar el formato «pulp», «Wonder Stories» regresaba al formato grande con gran alivio por mi parte.



[1] Compárese con la palabra hawaiana «kamaaini», que significa viejo habitante.